Por Rubén D. Arvizu
En un mundo sacudido por guerras provocadas e innecesarias, amenazas nucleares y las interminables mentiras de los poderosos para justificar sus pérfidas acciones, los ciudadanos comunes — los que enfrentamos todo esto sin ejércitos o palacios dorados — necesitamos algo para no enloquecer ni perder la esperanza por un regreso a una normalidad más vivible. Requerimos momentos de calma. Necesitamos alimentar el espíritu.
Yo encontré mi refugio, una vez más, en la bossa nova.
Hay algo en esa música que no te pide que estés bien.
Simplemente te acompaña como eres, sin solicitar o exigir. Su melancolía no pesa — flota. Su suavidad no engaña — nos cobija y arrulla.
Cuando António Carlos Jobim compuso sus armoniosas melodías — Garota de Ipanema, Corcovado, Água de Beber, Insensatez, Desafinado, Wave — no estaba simplemente escribiendo canciones. Estaba inventando un idioma nuevo, uno que hablaba directamente al alma sin necesidad de traducción.
Cuando João Gilberto cantaba en ese susurro íntimo, casi inaudible, como si hablara solo para ti — en Chega de Saudade, Bim Bom, O Barquinho, Meditation — el mundo exterior desaparecía. Solo quedaba esa voz, esa guitarra, ese instante suspendido entre la tristeza y la paz.
Y cuando la voz angelical de Astrud Gilberto describió aquella Garota de Ipanema — la moza de cuerpo dorado que camina hacia el mar sin mirar atrás — su canto pareció llegar de otro mundo. Lo mismo ocurrió con Vuela hacia la Luna (Fly Me to the Moon), o con La Sombra de Tu Sonrisa (The Shadow of Your Smile), que en sus labios se convirtió en algo eterno.
Esto no es un escape momentáneo. Es una presencia que perdura en la mente y el corazón de quien la escucha. Nos recuerda que la belleza y el amor todavía existen, aunque todo a nuestro alrededor parezca derrumbarse.
En estos tiempos oscuros y decadentes, eso no es poco. ¡Lo es todo!
Rubén D. Arvizu — Escritor, periodista, ambientalista
rumzky@mac.com














