Enrique Escobedo
El fútbol es ante todo un divertido juego de infantes y adolescentes que con el desarrollo del comercio y las televisoras se profesionalizó. Con lo cual pasó a ser un deporte organizado de alto rendimiento de jóvenes adultos. En otras palabras, existe una transición entre el juego amateur y el profesional que implica, entre otras singularidades, la danza de millones de euros, la creación y posterior enquistamiento de intereses en algunos casos perversos, la construcción de ídolos, la venta de camisetas y, no se puede negar, la corrupción en el mundo de las apuestas y en algunos casos de árbitros. Es el deporte más popular del mundo y afortunadamente dejó de ser un monopolio de hombres; ahora las mujeres nos deleitan, en muchos caos, con mejor calidad y juego artístico que los varones.
Al profesionalizarse y expandirse por el mundo, el francés, Robert Guérin, junto con otros europeos visionarios crearon en 1904 la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA). Tiempo después, otro francés, Jules Rimet, organizó en 1930 el primer campeonato mundial de futbol en Montevideo, Uruguay. A partir de ese momento los políticos del mundo con su clásico oportunismo vieron en esa contienda deportiva la conveniencia de proyectar a sus respectivas naciones y ostentar el título de ser campeones del mundo futbolístico.
Desde entonces cada cuatro años la FIFA organiza el campeonato mundial de futbol en colaboración con los gobiernos y sus respectivas ligas. Es un fenómeno que creció deportiva, comercial y políticamente por el mundo. De ahí que ser sede mundialista es un bocado que todos los gobiernos del mundo desean, pero que pocos lo pueden pagar. En otras palabras, difícilmente un país africano, con excepciones como la Republica de Sudáfrica y tal vez dos o tres naciones más podrían organizar un torneo de esa magnitud, pues es muy costoso ser anfitrión debido a las exigencias e infraestructura deportiva, de telecomunicaciones, hoteles, carreteras y seguridad pública. Prácticamente cualquier país puede asistir, ya que las selecciones nacionales de futbol compiten por zona y pueden obtener un boleto a fin de estar en la contienda mundial.
De ahí que es fácil encontrar ejemplos de la importancia que los gobernantes dan al futbol, pues los legitima políticamente. Así encontramos los casos de Italia en los cuales Mussolini y sus ideas fascistas encumbraron al cuadro Azzurra en 1934 y 1938 o al dictador Videla en Argentina que, a decir de algunos expertos, negoció con el gobierno peruano a fin de que los albicelestes golearan al cuadro inca en 1978. Recordemos la llamada guerra del futbol entre El Salvador y Honduras en 1969. Además, la FIFA ha tenido escándalos de corrupción, pues se le acusa de vender las sedes de los campeonatos.
En lo personal soy un aficionado del futbol, jugué ese deporte en la calle, en el parque, en los recreos de la escuela y en algunas canchas deportivas en Azcapotzalco. Disfruto ver un buen partido de futbol (casi todos son de equipos europeos) y tengo preferencia por los Pumas de la UNAM. Pero no me engaño. Lo que se avecina será una fiesta futbolera en la que los aficionados de 48 países del mundo tendrán esperanza de ver avanzar a su selección. Para algunas personas, como yo, será la oportunidad de ver buenos partidos de futbol. Para los organizadores y los gobiernos lo que les interesa será el negocio, la comercialización, la exhibición de futbolistas a fin de jugar en Europa y la legitimidad política. Son dos puntos de vista acerca del futbol. Cada quien se sentará del lado de la mesa que desee.















