Las agresiones y humillaciones contra las fuerzas armadas, por parte de sujetos que se dicen autodefensas o simplemente se trata de civiles que se enfrentan al Ejército, Marina o policías, muchas veces azuzados por criminales, se vuelven cada vez más recurrentes.

Es palpable que los uniformes ya no son objeto de respeto o temor por parte de esos grupos que se les enfrentan armados o con majaderías, empujones, golpes y escupitajos.

Ante esas agresiones, hemos visto incluso a las puertas de Palacio Nacional, que los militares deben tragarse más que su enojo, el honor de portar un uniforme que debe merecer respeto por parte de la ciudadanía, pues quien lo porta está para defenderla, o temor si de delincuentes se trata.

Pero no, las agresiones a militares se repiten lo mismo que en poblaciones lejanas, que en zonas urbanas y en videos que circulan, se ve claramente cómo los uniformados se repliegan e incluso que sus comandantes son desarmados por chusmas que imponen su ley.

Frente a todo esto, insiste el ejecutivo federal en justificar al “pueblo bueno” y con ello, da pie al desorden y a la violación de la ley. Tal vez por eso hoy, México, registra mayores índices de violencia que en otros regímenes.

Impera la ley del desorden. El mismo inquilino de Palacio Nacional lo propicia al violentar el orden jurídico e incitar a contra pelo de su responsabilidad, a la confrontación o al menos, división de los mexicanos tildando a unos como progresistas y liberales y a otros, de reaccionarios, fifis o liberales.

El tema es grave porque cada vez hay más encono, mismo que incluso llega a la mesa de las familias o a los cafés de los amigos; las confrontaciones son evidentes en redes sociales y los llamados a la unidad del primer mandatario, se convierten en vil demagogia.

División, impunidad, deshonor, desorden, violencia y crimen, son características ya de la Cuarta Transformación. Preferimos no hacer pronósticos, pero todo indica que aun falta lo peor.

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