Carlos Ramos Padilla

El asunto de los hijos del presidente lejos de calmarse está tomando otros vuelos y muy peligrosos. La serie de defensas que se han intentado para proteger a José Ramón han sido ridículas y pésimas.

Desde abrir una página en redes sociales hasta mostrar “machotes” de contratos sin firma por parte de La Jornada y personajes afines. De haber ocurrido un fenómeno así durante los gobiernos del PRI, PAN o PRD, estos mismos sumisos y atropellados incondicionales estarían masacrando mediáticamente a sus opositores, sólo hay que revisar las diatribas que dejaron esparcidas en la prensa escrita, redes sociales y video grabaciones que oscilaban desde pedir la renuncia del presidente en turno hasta calificar de “asesinos” a todo aquel que pensara diferente.

Han comerciado políticamente con el 68, con la Casa Blanca, con Ayotzinapa y con el crimen de Colosio. Sus audaces conclusiones los colocan como fiscales monolíticos con verdades absolutas, pero hoy solo quedan como merolicos de barrio bajo. ¿Dónde está ese Pablo Gómez que junto con Rosario Ibarra se apostaban afuera de la casa de Luis Echeverría para pedir justicia a los caídos? ¿Dónde el arrebatado Andrés Manuel asegurando que solo él y nada más el acabaría con la corrupción? ¿Qué pasó con el griterío callejero de Sheinbaum acusando por todo a las fuerzas armadas y ahora se presenta a los actos oficiales de los uniformados? ¿Dónde está la verdad histórica que presumía Alejandro Encinas sobre Ayotzinapa?

¿Qué de la lealtad de Ebrard al PRI y al salinismo junto con Camacho Solís? ¿Dónde quedó la honestidad moral de José Ramón Lopez? ¿Qué de los negocios de Carlos Imaz con Carlos Ahumada? ¿No le gritaban “asesino” a Bartlett? ¿Y también el mismo calificativo de “asesinos” que emplea Epigmenio Ibarra para referirse a los soldados mexicanos? ¿Dónde están las investigaciones sobre Florencia Serranía luego de tanto accidente y muerto en el Metro?

¿Qué pasó con Julio Scherer, ya nos olvidamos de él? ¿Y Yeidckol en silencio gozando de las condonaciones de Hacienda? Y son cosas, casos y personajes que ahora por estar en nómina ya no se acuerdan del país, ni de las leyes, ni de su pasado y biografía.

Son defensores de causas pérdidas como la casa de Houston que retrata más que conflicto de intereses una ausencia evidente y cínica de los que más auto presume AMLO: la moral. Ya su dedito no habla, no ha mostrado que su pecho no es bodega, pero si respeta aquello de que “soy dueño de mi silencio” claro el que le conviene, el que mantiene impunes a muchos, ese silencio que cambia por una gesticulación ya cansada, de hartazgo, de aburrimiento.

Sus últimos distractores ya no le han funcionado: su estado de salud, su aeropuerto, su “pausa” con España y sus ataques a periodistas. Está en arenas movedizas, no hace falta que los morenistas lo protejan, se abren investigaciones en la Fiscalía mexicana y en Departamento del Tesoro de EU para explorar las mentiras de José Ramón y se anticipa que Andy, el otro jr., está también cerca del precipicio. Eso si le pediríamos al presidente lo que mucho menciona burlonamente “serénese”.