Enrique Escobedo 

El ejercicio del poder designa y representa, en primera instancia, la capacidad que tiene un individuo de hacerse obedecer en una relación de mando y obediencia en la cual la persona que lo detenta decide que algo se haga o que no se haga. También significa la facultad de la ley y de las instituciones de definir y ejercer límites de permisibilidad y, en su caso, de coerción a quien rompa esos límites llamados normas. En los trabajos que estudian el fenómeno del poder existen símbolos que, debido al pacto social, los seres humanos en lo general respetamos. Tal es el caso de la banda presidencial que permite a quien la porta una serie de regalías o prerrogativas exclusivas de mandar y hacerse obedecer. Además de que es un convencionalismo de liturgia política que legitima a quien la porta durante seis años. 

Los símbolos del poder varían según las épocas, las circunstancias y las sociedades. Por ejemplo, en el Reino Unido existe eso que se llama La Corona y que es en muchos sentidos emblema de identidad. También aludimos, en ocasiones, a la figura del poder al citar inmuebles cuando decimos La Casa Blanca o el Palacio de Cobián. En ocasiones nos referimos a los escudos nacionales o a los colores de un determinado blasón. Consecuentemente son abstracciones representativas que aceptamos sin reflexionar mucho sobre las mismas. De ahí que el uso y cuidado de los símbolos del poder son menester delicado, pues su abuso acaba por convertirlos en parodias grotescas.  

Los símbolos del poder en nuestro país son muchos y algunos tienen mayor peso que otros. El lábaro patrio y el himno nacional son los más fuertes y que mayor consenso de respeto tienen, por lo que en esencia todos los reverenciamos. En cambio, puedo afirmar que la investidura presidencial tiene menos peso, pero sigue siendo fuerte e impone. Aunque su peso es relativo, ya que la personalidad, las actitudes, así como el talento y el talante de cada primer mandatario determinan en mayor o menor el peso de su imagen y símbolo del poder.  

El purismo con que un presidente usa y abusa de los símbolos de poder también se manifiesta en el ejercicio del poder, su utilidad y su impacto político, económico, administrativo y social. De ahí que el símbolo presidencial es relativo y su imagen no se refleje como un espejo ante los ojos de quien ostenta el cargo. Lo cual puede significarle molestias. Por eso es relativo el distintivo del poder presidencial. 

La historia de un país también está cargada de símbolos, en nuestro caso, las pirámides y las zonas arqueológicas son símbolo de grandeza de nuestro pasado. También lo son, aunque el actual gobierno lo reniegue, nuestras ciudades coloniales, nuestro folklor y nuestro mestizaje. De ahí que los símbolos deben ser cuidados y valorados sin llegar a extremos de apología o de menosprecio, pues si negamos a algunos símbolos nos debilitamos como sociedad y como proyecto. De ahí la importancia de no desbordar el concepto de unidad nacional y mucho debemos cuidar que la figura presidencial, sea quien sea, no quiera sintetizar en su persona los símbolos del poder. Ese es uno de los puntos clave de entender que las insignias trascienden el tiempo y que los personajes, así se trate del primer mandatario, no personifica todos los símbolos del poder y que toda gloria es pasajera.  

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