Durante los últimos meses hemos sido testigos de los esfuerzos que ha realizado el régimen de la 4T por dejar huella en el pasar de los años. Esto puede apreciarse particularmente en la propuesta que se han hecho desde el gobierno de modificar parte de la “memoria monumental” de la Ciudad de México. 

Esto no debe resultar extraño. Desde la antigüedad, en México y el resto del mundo, es común que los gobiernos manipulen los hechos históricos por conveniencia política. Sin embargo, el revisionismo al que han sometido a nuestra Historia ha sido tan prosaico que parece condenado al fracaso.  

La historia merece ser vista desde todas sus complejidades porque es ahí donde está su verdadera riqueza: en las paradojas y contradicciones. No basta con mover una estatua de sitio o cambiarle el nombre a una calle, a una plaza o a una estación de metro para transformar su significado.  

Un buen testimonio de estos laberintos está representado en el complejo escultórico de Colón (antes en Paseo de la Reforma, hoy en el limbo). Entre toda la rebatinga centrada en el navegante genovés, se olvidó hablar de los frailes que lo acompañaban.  

Ese descuido (o desconocimiento) es ejemplo de la torpeza con la que se ha pretendido construir un nuevo discurso ideológico. Para mucha gente los nombres de Diego de Deza, Juan Pérez de Marchena, Pedro de Gante o Bartolomé de las Casas resultan desconocidos y, por lo tanto, que remuevan sus estatuas podría significar poco o nada. Pero una cosa es cierta: sin ellos nuestro pasado sería más cruento, más oscuro. 

En su afán por “descolonizar” una avenida (y sin entender que la descolonización de un pueblo empieza por la verdad), las autoridades no advirtieron que estaban retirando a uno de los primeros defensores de los derechos de los pueblos prehispánicos, uno de los mayores opositores a la violencia de la Conquista. Qué manera de revisar la historia. 

En 1526, Las Casas escribió: “la guerra que se hace a los indios es temeraria, porque es contraria al derecho natural, divino y humano; injusta, porque los indios no han injuriado a los españoles y tiránica, porque es cruel y violenta”. Parte de su obra fue prohibida por la Santa Inquisición. 

Bartolomé de las Casas muere en 1566, poco antes, en 1561, termina de escribir la Historia de las Indias (un libro donde relataría a detalle la crueldad con la que actuaron los españoles y que tardó más de 34 años en escribir). Qué tanto molestaría a los europeos esta evidencia de su barbarie, que el texto permaneció inédito hasta 1875: 314 años de censura. 

Si se quiere justicia y memoria, empezarían muy bien por darle su sitio a Bartolomé y hacer como él: contar la historia completa.