En la antigua ciudad maya de Tikal, en Guatemala, los visitantes se ven rodeados de empinadas pirámides de piedra caliza, casi tan altas como la catedral de Notre Dame de París.

Construidas sin la ayuda de bestias de carga, herramientas de metal o ruedas, estas grandiosas obras sirvieron a reyes y sacerdotes que gobernaron una de las ciudades-Estado más influyentes del reino maya, que se extendía desde la península de Yucatán, México, Guatemala, Belice, hasta partes de Honduras y El Salvador.

Tikal fue un centro económico y ceremonial de una civilización que alguna vez pudo haber albergado entre 10 y 15 millones de personas.

Cada uno de los enormes palacios y templos de la ciudad, cada uno orientado respecto al tránsito diario del sol a través del cielo, son muestra de la destreza de los mayas como arquitectos y astrónomos.

Pero estos monumentos nunca se hubieran erigido sin el dominio de algo mucho más elemental para la supervivencia maya: el agua.

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