Carlos Ramos Padilla

Lo que está obligado por ley el gobierno lo hicieron de manera valiente miles y miles de mujeres. Exigieron, reclamaron, evidenciaron, argumentaron y lo más importante, dieron clase de civismo. Se mostraron, dieron la cara (lo que no harán este lunes 9). Intentaron llegar hasta la sede de los poderes federal y local en el Zócalo y les cerraron el paso, vamos les colocaron un muro.

Estaban todas representadas, incluso se hicieron muy presentes las víctimas de una violencia que no se ha podido contener. Nadie las puede criticar ni descalificar, escribieron una nueva historia, la de la fuerza ciudadana ante gobiernos ineptos y omisos, quizá cómplices. Atrincherados estuvieron las autoridades siguiendo la manifestación. No salieron de sus oficinas a constatar lo inevitable, el gobierno se está cayendo junto con “sus otros datos”.

Día con día estuvieron desafiando, retando, menospreciando y despertaron a un México diferente, no el brindo, no el de los acarreados, el de los manipulados, no el que se presta a cambio de centavos o favores políticos para cerrar a sus antojos Reforma en plantones obscenos, sino el real nuestro México educado. No requerimos de un día sin ellas, las queremos como hoy domingo, vigentes, valientes. La demagogia habrá de acabar con los mentirosos.

Esta marcha dominical la encabezó la niña Fátima seguida de miles y miles de mujeres que han sido humilladas, ofendidas, violadas y asesinadas. Y que no nos salgan con que fue, como la marcha blanca, una convocatoria de pirruris, como ya algunos incondicionales de AMLO escribieron en redes señalando que la manifestación era clasista, de “mujeres de Polanco, el Pedregal, Las Lomas, Tecamachalco con tenis Gucci”. Tampoco, en voz presidencial, son mujeres escandalosas bajo el disfraz de los conservadores.

Son nuestras mujeres, niñas, hermanas, vecinas, abuelas, madres, maestras, socorristas, viudas, huérfanas, estudiantes, todas, todas ellas que no desean ser separadas en los vagones del Metro ni secuestradas por sicarios malnacidos. Piden respeto, piden protección, piden seguridad y satisfactores. Lo merecen, así de sencillo. Las calles lucieron pletóricas de voces demandantes.

Cada rincón, cada esquina estaba llena de vida. Que orgullo tener un país así, en donde entendamos que los del gobierno nos deben cuentas. Que el país, los símbolos patrios, la bandera, el ejército, el presupuesto y la historia no les pertenecen. Qué tontería cerrar los accesos al zócalo cuando presumen qué hay y dan libertad. De ese tamaño es su miedo, su vulnerabilidad. Querían ver al zócalo vacío, sin convocatoria, sin asistencia y se equivocaron.

Ellos, los el están ahora en el gobierno fueron activistas callejeros. Acusaban a los gobiernos, a las autoridades, a las fuerzas públicas de represores, ese era su grito para ser escuchados. Se dicen de izquierda. Se ufanan de defender los derechos humanos. Hablan a boca llena de los pobres. Pero hoy sin encuestas “cuchareadas” sin etiquetarse de fifís, sin ejercer poder político, las damas dieron clase con clase. Este domingo nos enseñaron que tan grandes, enormes, son nuestras mujeres y que tan chiquito y enano es el gobierno.

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