Miguel Ángel López Farías

Hicimos mención el día de ayer de la enfermiza curva de aprendizaje a la que nos han sometido desde la 4T dando como resultado que la economía nacional se encuentre en cama y sin signos de pronta recuperación, el mismo rasero se aplica para la ciudad de México, corazón del país y termómetro variopinto de la sociedad, aquí, en la capital se manifiestan los mismos síntomas que en el país, un velo de incertidumbre por la falta de rumbo y acciones que nos lleven a concluir de que se está entendiendo el cómo gobernar a este monstruo.

Varios son los aspectos que no han sido resueltos, en la punta la brutal cotidianidad de la violencia, sistematizada, casi casi oficializada debido a que los límites de seguridad llevan años de haber sido rebasados por los criminales, no solo de aquellas grandes bandas de asalta bancos o secuestradores, sino de una generación de miles de células de delincuentes, todos bajo un sistema que les permite actuar en la más absoluta impunidad, dentro y fuera de prisiones, amparados por un red de corrupción que involucra a policías, ministerios públicos, jueces.

Se trata del engranaje de una oficialidad que abre y cierra puertas en el aparato de justicia y que da como resultado que las leyes, la aplicación de justicia, los sistemas de inteligencia, la investigación policiaca, sean una vacilada, esta administración no ha podido ni podrá con esta bestia, pues se requiere de, literalmente, provocar la muerte de un sistema y sus actores, demolerlos, para sobre esas piedras edificar una nueva construcción con un nuevo orden y aparatos realmente eficientes que acorten la violencia y actos criminales en la ciudad.

En algunos lugares se le conoce como tolerancia cero, pero aquí no aplica porque todo tiene un precio, se llama corrupción, y aunque se desgañiten en decir que lo están combatiendo, mentira, las cosas siguen igual o peor, ejemplos sobran y la doctora lo sabe,  la falta de voluntad y deseos de reinventar las reglas de los aparatos de justicia son el impedimento, así como el hecho de que se sigue operando la maquinaria de gobierno con todos los vicios de antes, y algo muy grave, un gobierno chilango que no suelta los beneficios de la dadiva, del enriquecimiento, de la transa.

Sheinbaum debería comenzar por barrer su propia casa, exigirle al contralor de la ciudad, a sus aparatos de fiscalización  a que se asomen a lo que en muchas áreas se está realizando, en donde la vieja práctica de la entrega de contratos a amigos y socios, ejemplo, en el metro y las compañías de limpieza , y que en cualquier momento estallaran en los medios de comunicación, cuando se exhiban los nombres de los que se han visto beneficiados , tanto contralores locales, directores de áreas y un sin fin de burócratas de la 4T defeña y que ya encontraron la manera de hacerse de una bolsa de dinero.

Aguas, este tema se ha advertido innumerable veces y parece que no llega a la agenda ni oídos de la jefa de gobierno, esta es la administración que aplicó cloroformo a cientos de empresas que sin deberla fueron “ejecutadas” financieramente al no recibir el pago correspondiente por sus servicios, desde el año pasado se les envió al infierno, así es, la administración capitalina condeno  miles de familias a la pobreza, padres de familia que fueron despedidos por sus empresas pues estas dejaron de recibir el pago por el trabajo realizado a el gobierno de la ciudad de México.

Un acto desvergonzado de los tesoreros, que con la mano en la cintura y desde la comodidad de una oficina bajaron la ventanilla y ordenaron el fusilamiento de estas micro empresas, el caldo de cultivo entre la delincuencia y su aumento, tiene mucho que ver con las erráticas decisiones de esta administración que lejos de emplearse a fondo para generar más empleos y otro tipo de oportunidades decreto la muerte de empresas, de prestadores de servicios, de contratistas del gobierno, los cuales, no hay que ser un genio para concluirlo, mandaron a la calle a miles de hombres y mujeres, empujándolos a sobrevivir, sea en la informalidad o sea en la delincuencia. O ¿a poco no lo había pensado?

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