El mayor crimen está ahora no en los que matan,

sino en los que no matan pero dejan matar

José Ortega y Gasset

Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez

Desde la campaña de 2018 y luego, cuando López llegó a la Presidencia, juraron que respetarían las libertades. Se inventaron aquello de “prohibido prohibir”, pero, como es natural, el poder los enloquece y a ningún régimen le gusta que lo critiquen. A los de la 4T les gusta que los alaben porque, si no, te ponen en el saco de los contrarios, de los adversarios, y eso han hecho desde que llegaron al poder.

En los últimos días les he presentado varias columnas con el tema. Nos encontramos en un momento de definición, y es que la libertad de expresión no se pierde de un momento a otro, aunque seguramente es más fácil destruirla que construirla. El terreno se va erosionando: primero vienen los señalamientos, después la descalificación, luego la estigmatización y, cuando la sociedad se acostumbra a ello, aparecen las reglas para intentar controlar lo que se dice, pero también para decirles a los gobernados con quién deben informarse y qué voces deben escuchar. Ese es el verdadero peligro.

Pero todos los gobiernos han intentado controlar. Desde aquel “no pago para que me peguen”, de López Portillo, hasta el episodio de José Gutiérrez Vivó, que hizo enojar a Vicente Fox y no le ayudó en la disputa que tuvo con la familia Aguirre. Lo sacaron del aire; con razón o sin ella, se fue. ¿Qué decir de Felipe Calderón y luego de Enrique Peña Nieto, y del caso de Carmen Aristegui, cuando salió del aire de MVS? Ni siquiera es necesario regresar a los tiempos del golpe a Excélsior, la venta de papel, el amago para dar o no concesiones. El control sobre los medios siempre ha estado presente.

Cuando ganó el Pejelagarto, varios de los empresarios de la radio y la televisión se curaron en salud. Despidieron —bueno, llegaron a un arreglo para que salieran de sus filas— a las voces más críticas. Fue un reacomodo que, claro, se vale: tanto empresarios como gobiernos tienen intereses y hasta son socios en ciertos momentos.

A mí me tocó vivir uno de esos recortes. El 14 de febrero de 2019, todos los que trabajábamos en Efekto TV y en Radio Capital, a pesar de tener pagado como producción independiente un año, nos fuimos. Los dueños decidieron rentar la frecuencia y volverla musical. Nadie pidió la cabeza de nadie, pero se anticiparon a lo que venía con el Pejelagarto.

La libertad de expresión está en riesgo, y que no nos vengan con el cuento del “chayote” ni de los privilegios. No se quiere nada más que ejercer con plena libertad, sin miedo. La libertad de expresión no significa que los periodistas tengamos razón siempre. Significa aceptar el error y rectificar; investigar, cuestionar y publicar sin que el poder pretenda castigarnos por incomodar. Una democracia saludable necesita periodistas incómodos, medios independientes, pero también dueños de medios sensibles y ciudadanos capaces de escuchar versiones distintas a la oficial y formar criterio. Si todos terminan diciendo lo mismo, ya no existe debate público y perdemos todos.

El 29 de julio de este año presentaron Soy Periodista. Ahí, entre varios colegas, estaba Luis Cárdenas. Nos saludamos y él forma parte de los 23 comunicadores que escriben en el libro; su texto cierra los relatos. En aquella ocasión decía que no sabía si se iba a ganar la batalla por la libertad de expresión, pero que habría que darla.

Cárdenas dejó su espacio el pasado viernes. Dijo que no fue censura, sino un acuerdo y cierre de ciclos. Eso también se vale. En tiempos de asedio, qué duda cabe de que hacen falta más espacios. Pero seguramente lo seguiremos viendo y escuchando. No es el único; somos muchos los que no queremos censura ni que el gobierno decida por las audiencias, ni que determine qué voces son confiables y cuáles deben ser descalificadas.

Porque la libertad de expresión no pertenece a un gobierno, a un partido ni a un periodista. Pertenece a todos. Y cuando el poder pretende decidir qué debemos escuchar, el problema ya no es solamente de los medios: es de la democracia… Pero mejor ahí la dejamos.

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