Por Rubén D. Arvizu

Los Estados Unidos se hunden más a cada hora en un pantano que parece no tener fondo. Amenazas de invasión a países soberanos, presiones abiertas sobre aliados de décadas, la terca mirada puesta en la pacífica Groenlandia. El “Aprendiz de dictador” en su megalomanía y decrepitud mental arrastra al país que gobierna —y al mundo— hacia una situación que hace tan solo unos años habría sido el guion de una película surrealista. Y sin embargo, aquí estamos, viviendo la pesadilla en tiempo real.

El riesgo de que se imponga la ley marcial no es especulación; se palpa en el aire. Si el ocupante de la Casa Blanca se siente acorralado por investigaciones como los archivos de Epstein, derrotas legislativas o una ola ciudadana que no se calla, el Acta de Insurrección podría invocarse para “proteger” las elecciones de mitad de período en noviembre de 2026. Con ellas canceladas o manipuladas, el control del Congreso quedaría en manos de quien ya lo concentra demasiado. Las cifras no mienten: un 45 % de los estadounidenses teme una erosión democrática grave, y una mayoría cree que las elecciones podrían no ser libres. Cuando la mitad del país siente que el sistema se rompe, la fractura ya existe.

¿Saldrá de este pantano? Es posible, pero no sin cicatrices profundas y no sin riesgo de que el pantano se vuelva permanente.

Esta nación ha resurgido anteriormente de abismos: la Guerra Civil, Watergate, el trauma del 11 de septiembre, el caos post-2020. Instituciones como la Corte Suprema, gobernadores estatales, funcionarios locales que aún juran lealtad a la Constitución y no a un hombre, movimientos ciudadanos que suman millones en las calles —todo eso ha demostrado resiliencia histórica. En 2022 y 2024, intentos de subvertir procesos electorales fueron frenados por jueces independientes y ciudadanos comunes que priorizaron la ley sobre la lealtad ciega.

Pero el precio será alto. Si la ley marcial llega, si las elecciones de medio término se posponen o invalidan, vendrán confrontaciones internas: estados contra la federación, militares obligados a elegir entre juramento y órdenes, posiblemente una crisis constitucional que divida aún más a una sociedad ya fracturada. Europa ya responde con condenas firmes; sanciones podrían llegar si las amenazas escalan. Internamente, el 60 % de los votantes rechaza intervenciones como la de Venezuela. Esa mayoría silenciosa puede convertirse en mayoría activa si la situación se hace insoportable.

El poder puede empujarnos al borde del abismo. Pero la historia también muestra que los puntos de quiebre generan reacciones masivas: resistencia civil, alianzas inesperadas, divisiones dentro del propio partido que apoya al poder. Mientras la resistencia continúe escribiendo, denunciando, elevando la voz, comunicándose, exigiendo cuentas, la luz que queda es la que nosotros mismos encendemos. Y no se apagará fácilmente.