René Cervera G.

Los procesos electorales son procesos que también están sujetos a las leyes del consumo, finalmente los electores dependen de los productos que están en el mercado, de su comercialización, y tienen clientes segmentados por los ingresos de quienes votan.

Si ponemos atención a las campañas, notarán que hay frases que tienen como finalidad un voto irreflexivo que representa tu estatus, y/o el miedo al fantasma del comunismo precisamente cuando este ha dejado de recorrer el mundo.

En este México en donde la mayoría de los electores no vivimos de lujo, el discurso de la oposición es que estamos perdiendo libertades y la pregunta central es: ¿cuántas libertades tienen quienes se levantan temprano a trabajar, compran lo que está en el mercado y escogen lo que les permiten sus ingresos?

Habrá quien diga que nos quedan las libertades políticas y apelan a derechos humanos que permitan la libertad de expresión, pero cuando los medios de comunicación son negocios privados, obedecen a intereses privados.

La diferencia en este proceso es que se han desatado las pasiones de tal manera que no aparece una entidad conciliadora. De un lado están quienes se preocupan por los equilibrios políticos que a su entender debe tener una democracia, preocupación causada por el protagonismo del poder ejecutivo cuando quiere imponerse a los organismos autónomos como el INE, los fideicomisos y los organismos no gubernamentales (ONGs).

De ese lado se ubican quienes consideran que la democracia es una acto político y no económico; afirman que la democracia debe tener contra pesos y olvidan que el mayor y mejor contrapeso que debería tener el gobierno debe ser el equilibrio social.

Si los poderes de facto se colocan por encima de los poderes electos, la democracia pierde sentido, porque en donde manda el capital no gobiernan los electores.

Lo cierto es que los consejeros del INE no dejan de ser escogidos por los partidos políticos, los fideicomisos y las entidades “filantrópicas” no dejan de ser brazos extendidos de empresas privadas con fuerte acumulación del capital que adquieren poder político sin pasar por las urnas, y el poder judicial es tan autónomo que interpreta las leyes de manera diferente a quienes las hicieron.

Del otro lado está un gobierno que, a pesar de contar con un programa diario en las mañanas, carece de comunicación efectiva y de errores que simplemente no tienen justificación, tal vez porque al centro de las mañaneras prevalece una voz que se nota lenta pero insegura.

Si bien es cierto que todo cambio tiene un tiempo de aclimatación, en nuestro caso no se justifica porque a pesar de que se pregona el cambio, muchos de los protagonistas políticos son los mismos que en los gobiernos anteriores.

Antes de votar debemos tener un diagnóstico del régimen actual porque todo indica que el sentido de este 6 de junio es aprobar o reprobar este gobierno.

Desde luego que no es posible hacerlo sin partir desde un pensamiento político, si bien es cierto que lo idóneo es tener la mayor información. Por lo pronto tendremos que hacerlo con sensibilidad social y sentido común, en el entendimiento de que los pueblos no necesitan fabricar zapatos para saber cuáles son los que le quedan.

Los que están por reprobar el gobierno caen en la obviedad superficial, dicen que no hay que agradecerle las prestaciones sociales ya que no son de su bolsillo sino de los impuestos y tienen razón, pero hay que agradecer a quien las puso en su plataforma y las ha cumplido.

El aumento sustancial al salario mínimo me parece un acierto, lo mismo que las leyes para que los trabajadores puedan escoger sus sindicatos.

El apoyo a quienes estudian es una inversión, cuando se titulen pagaran más impuestos.

Participo del desconcierto que tienen los ecologistas por su preferencia a energías contaminantes, pero me pregunto: ¿Qué hacemos con el petróleo que nos queda?

Al igual que muchos de mis lectores, no veo cómo combatir la corrupción con elementos que participaron en los entes corruptos protagónicamente y sigo lamentando que en la boleta electoral a pesar de ofrecer 10 opciones no se vea una que tenga mayor claridad sobre el proyecto que erradique la violencia.

Aunque aceptando que tardará tiempo, pero que veamos que lo va haciendo gradualmente, no encuentro entre tantos logotipos un discurso original y estoy convencido que el cambio requiere de más imaginación que la que se encuentra entre los competidores.

Se perdió en esta campaña la oportunidad de sembrar conciencia, fue un evento de textos huecos, rostros maquillados alzando el pulgar, violencia política. Pero si es verdad que no hay mal que por bien no venga queda el entendido de que hay que cambiar de fondo, seguir buscando otras formas de hacer política.

A juicio de quien esto escribe, debemos tener un modelo electoral en donde el voto sea por coincidencias ideológicas y no por espacios físicos, por lo que invoco a que adoptemos el sistema relativo proporcional, a buscar la manera de que aparezcan más opciones reales y menos organizaciones ficticias.     

Todo cambio conlleva la afectación de intereses. En el mando del capital, los gobiernos entran coludidos con quienes más tienen o chantajeados con la amenaza de retirarse y generar desempleo. Lo curioso de esta actitud es que proviene de quienes temen a la dictadura, porque viven contentos con el autoritarismo del dinero.

Se necesita tiempo, tiempo para ir colocando las cosas en su lugar sin la frivolidad de lo que conocemos como la derecha, sin una izquierda atada a la ineficiencia, con más Estado social y menos demagogia de ambas partes.