Miguel Ángel López Farías
No hay nada de ingenuo ni inocente en Adán Augusto López; es, en términos prácticos, un personaje en exceso arrogante. Tanto, que siguió durmiendo y despertando creyendo estar en el sexenio pasado. Confiado por su cercanía con el ex, creyó que nada pasaría con Hernán Bermúdez Requena, un jefe de la policía estatal de Tabasco señalado por el Ejército mexicano como líder del grupo criminal conocido como «LA BARREDORA».
A Hernán lo protegieron tanto Adán Augusto como su sucesor, Carlos Merino. Hernán Bermúdez se encuentra prófugo (hace unas horas corrió la versión de que habría muerto en Panamá —muy al estilo de guion de narcoserie—, pero parece ser falso).
El grupo TABASCO ha sido liderado por AMLO, secundado por Adán Augusto y una caterva de personajes de muy oscuro perfil, vinculados a grandes negocios. Su jugador más sobresaliente es el que le molesta que le digan Andy: Andrés Manuel López Beltrán. Pero esa será otra historia, el capítulo dos de la debacle del grupo Tabasco.
En lo que Adán y Andy son gemelos es en creer que ellos, y solo ellos, poseen el bastón de mando del país. Uno, por sentir que su liderazgo en el Senado lo convierte en una isla independiente de Palacio Nacional, con la fuerza de quebrar a la presidencia (mantiene línea directa con su paisano el ex, en conversaciones nostálgicas y de arrebatos verbales en contra de quien él afirma no debió ser la candidata). Y tenemos al actual secretario de organización de Morena, el infaltable y hoy también desaparecido Andy, quien, rebosante de prepotencia, menciona que él y solo él es el verdadero heredero del legado de su padre, y para conseguir el pase para 2030 utiliza una extensa red de relaciones políticas para operar millonarios negocios (Amílcar Olán, multicitado en audios como ganador en obras de toda índole, es solo uno de ellos).
Andy, el nuevo René Bejarano, pero con más capacidad de recaudación, es, junto con Adán, los verdaderos enemigos de la presidenta y de la consolidación del segundo piso de la 4T. Detrás de ellos, algunos más que fueron impuestos en los primeros niveles del poder, leales al teléfono que conecta a Palenque y no a la oficina de la presidencia.
Adán, tal y como lo ha mencionado la mandataria Sheinbaum, debería salir a aclarar lo de su excolaborador Hernán Bermúdez. Y esto ya indica una sola cosa, un solo derrotero: no solo las presiones de Washington pesan en el tablero de la política nacional, sino también la necesidad de aplicar una métrica básica para este gobierno y los que se encuentran en el tren de la 4T. Un A.C. / D.C. (antes de Claudia y después de Claudia): la verdadera jefa del estado mexicano y la que, sin medidas ocurrentes o salidas explosivas, está llevando al país a una zona de mayor respeto internacional y de una valiente e histórica lucha por recuperar la tranquilidad en este suelo.
Ya no hay marcha atrás; la nueva alineación está lista. Los traidores deberán rendir cuentas, y los leales estarán en la nueva zona de gobierno, uno que cambiará el burdo axioma de 90 por ciento lealtades y 10 por ciento experiencias.











