Jorge Manrique, Rector del Colegio Jurista

Gestionar la diversidad cultural, incrementar la productividad de los equipos multinacionales, liderar organizaciones trasnacionales y generar mejores resultados en equipos divergentes son parte de una nueva asignatura: Multiculturalidad.

Aunque genera muchas ventajas competitivas para personas y empresas, la materia no aparece explícitamente en los planes de estudios profesionales, pero sí se impulsa desde las actividades prácticas y alianzas estratégicas en las universidades que buscan conjuntar el conocimiento cultural con el pensamiento estratégico, la motivación personal e incluso el comportamiento.

¿Puede generarse la competencia de multiculturalidad? Si. Durante mucho tiempo se asumió erróneamente que sólo el conocimiento cultural o todo lo que sabemos sobre un país o una cultura, su lengua, creencias, valores y reglas de comportamiento, bastaban para entablar relaciones productivas con las personas de aquel país.

Hoy sabemos que no basta recabar información política, económica o social sobre una cultura. Se requiere un “asimilador cultural” donde se presentan una serie de incidentes interculturales para los que tendrán que encontrar la explicación adecuada entre las varias que se les proporcionan.

Ahora, el pensamiento estratégico no se limita a la manera de emplear los datos de nuestro conocimiento cultural, sino en saber interpretarlos y aprender de ellos para lograr crear  nuevos esquemas que nos permitan desarrollarnos en situaciones futuras.

Ante esto, el conocimiento exhaustivo de otras culturas y de sus costumbres sólo será útil cuando el alumno esté suficientemente motivado como para integrarse a un ambiente específico e incluo si logra proponerse la multiculturalidad como meta.

Otro componente de la inteligencia cultural es normar el comportamiento. La manera en que hablamos, actuamos o nos conducimos en presencia de personas pertenecientes a otras culturas, o en entornos distintos al nuestro, condiciona la percepción y la relación que lograremos entablar con ellas.

En sí, la multiculturalidad se expresa en la capacidad de observar, reconocer, adaptarse y actuar de la manera apropiada en los entornos culturales ajenos. Una persona que ejercita esta capacidad cuenta con un amplio repertorio de expresiones, tanto verbales como corporales, que le facilitan entrar en contacto y en conversación con quienes pertenecen a una cultura distinta a la suya.

La comunicación verbal intercultural es todo un desafío, marcado por barreras como la dificultad para el aprendizaje de lenguas extranjeras, el habla directa e indirecta, los estilos conversacionales e, incluso,  el paralenguaje.

Por ejemplo el inglés, lengua universal por antonomasia, posee numerosas variantes dependiendo del país donde se utilice, la pronunciación y, sobre todo, el vocabulario que difiere entre unas y otras variantes, lo cual añade otro escollo que hay que sortear para que la comunicación fluya normalmente y sin malentendidos.

La comunicación en algunas culturas puede resultar vaga, indirecta e implícita y la información se transmite, en un altísimo grado, a través de los gestos, de la utilización del espacio o incluso del silencio.

El estilo conversacional también es parte de la comunicación. En él están incluidos el ritmo con el que se mantiene una conversación, los turnos de palabra, la posibilidad o no de interrumpir y, finalmente, interviene el paralenguaje, que es la calidad de la voz, la vocalización y entonación.

El comportamiento no verbal es igual de importante, o a veces más, que el verbal para una comunicación clara. Sus significaciones son también muy amplias y diversas. Los gestos, la expresión facial, la posición del cuerpo o la utilización del espacio común son específicos para cada cultura. Y reitero, si es posible que en cada plan de estudios se inserten conocimientos y prácticas para acceder a la inteligencia cultural. m