Víctor Hugo Islas Suárez 

Después de mi texto anterior tuve que lidiar con algunas posturas en contra, no esperaba menos, la verdad es que el hecho de ir en contra de una creencia siempre conllevará ese tipo de reacciones, si usted cree en dios o, en general, en alguna forma de ente místico, sepa que la inmensa mayoría de la humanidad está en su mismo bando, si por el contrario no es creyente, es usted (en términos estadísticos, un raro). Si la demostración de la existencia de dios se basara en el número de fieles, la cosa estaría clara, pero afortunadamente no es así, aunque en lo que respecta a este artículo eso es en realidad, lo de menos, creyentes y no creyentes están divididos por la misma pregunta: ¿Cómo pueden ellos no creer/creer? (tome la que le haga confort). 

La respuesta debe remontarse a por lo menos unos 100 mil años, cuando el homo sapiens comenzó a poblar la tierra, imaginemos a un humano, con el conocimiento del mundo que se tenía, no había ciencia, mucho menos religión, y el lenguaje apenas comenzaba a generarse de manera tribal, ¿Qué hubiera pensado al ver un rayo partir un árbol? Piénselo, de nuevo, siga meditando, ¿ya? Pues así es, no hubiera tenido explicación, así que fue más “fácil” en aquellos entonces atribuir ese rayo a un ser supremo, que disparaba rayos desde el cielo por su placer y/o necesidad de hacerse notar, ahora bien, imaginemos que no ve el rayo, pero lo escucha, entonces al ir a ver el lugar de donde provino el ruido, usted ve el árbol incendiado, ¿qué es esto? Calienta, da luz, nadie supo de dónde vino, es un regalo ¿pero de quién? Entonces pensamos que algún ser supremo nos regaló la “flor roja” para nuestro beneficio. 

Y así, más o menos de esa manera el hombre fue creando dioses, generó rituales, cánticos y hasta sacrificios para tenerlos contentos, así no es difícil imaginar que nacieran los charlatanes que haciéndose llamar “videntes”, “oráculos”, “magos” se atribuían el poder de hablar con los dioses, de interpretar sus señales y hasta de hablar por ellos, así la cultura colectiva fue adoptando de manera regional sus creencias. 

4 mil años antes de Cristo, los armenios adoraban a Haik y Aram, los Vikingos adoraban a Odín (aún existe esa religión en Islandia), los romanos a Júpiter, y por favor, no olvidemos al judaísmo, que, junto con el jainismo en china, son religiones con más de 5 mil años de existencia, así pues, de nuevo proclamo que “creer en un dios único y verdadero es letra muerta” y no se enoje, es la verdad, creer en dios no está bien ni mal, el seguir pensando que es el único es lo obtuso. 

Algunos historiadores están convencidos que fe tiene sus días contados, no pasara ni en 10 ni en 50 ni 100 años, pero en el futuro, el avance de la ciencia hará tener un entendimiento del mundo y el universo más generalizado, la educación será diferente y de esa manera los dioses desaparecerán, no hay una manera rápida para ello, incluso si el día de mañana llegara una nave interestelar a la tierra, con seres de otra estrella, de otra galaxia, que dijeran que no existen dioses, muchas personas catalogarían a estos visitantes como tales, así pues la construcción y derrumbe de dioses y de mitos lleva tiempo, se requiere conocimiento, que no es lo mismo que educación, conforme la humanidad se vaya llenando de más y más conocimiento todo tomara un rumbo diferente, es difícil, es lento, tan así que muchos mexicanos niegan la existencia del dios de la lluvia, pero lo proclaman por encima de cristo cuando llueve, aunque al pobre Tláloc ya no se le ofrezcan los sacrificios de corazones de jóvenes vírgenes o guerreros de otras tribus, el sincretismo sigue tan vigente como creer en los reyes magos cuando estamos estudiando las partículas de la creación del universo.