Víctor Hugo Islas Suárez
Hace algunas semanas, mientras conversaba con una amiga sobre los hábitos digitales de nuestra generación, apareció un concepto que hasta entonces había escuchado varias veces, pero al que no había prestado demasiada atención: el efecto FOMO, la charla comenzó de manera bastante simple, hablábamos de redes sociales, de cómo las personas publican cada vez más aspectos de su vida diaria y de la facilidad con la que podemos enterarnos de lo que hacen los demás. En algún momento ella mencionó que muchas de las conductas que observamos en internet parecían estar relacionadas con ese fenómeno, la observación me pareció interesante porque explicaba varias situaciones cotidianas que vemos todos los días.
El término FOMO proviene de la expresión inglesa “Fear Of Missing Out”, que puede traducirse como “miedo a perderse algo”, se refiere a la sensación de inquietud que experimentan algunas personas cuando creen que otros están disfrutando experiencias, oportunidades o momentos más interesantes de los que ellas están viviendo, aunque el concepto se popularizó con el auge de las redes sociales, la realidad es que responde a una característica muy humana: la necesidad de pertenecer y de sentirse incluido dentro de un grupo.
Durante aquella conversación, mi amiga comentaba que basta con observar cualquier plataforma digital para encontrar ejemplos claros, al abrir una aplicación es posible ver fotografías de viajes, reuniones, conciertos, celebraciones o logros profesionales, el problema no radica en que las personas compartan esos momentos, sino en que muchas veces quien los observa termina comparando su vida cotidiana con una colección de los mejores instantes de otras personas, esa comparación suele ser desigual desde el principio, porque rara vez alguien publica los momentos rutinarios, los errores o las dificultades que también forman parte de la realidad.
Lo que hace particularmente interesante al FOMO es que no se limita al entorno digital, también puede influir en decisiones de consumo, entretenimiento e incluso en la forma en que se organizan las actividades diarias, por ejemplo, algunas personas aceptan invitaciones a eventos que realmente no les interesan únicamente para evitar sentirse excluidas, otras revisan constantemente sus teléfonos para asegurarse de que no se están perdiendo ninguna noticia, mensaje o actualización importante, en muchos casos, la decisión ya no está motivada por el interés genuino, sino por la preocupación de quedarse fuera.
Mi amiga señalaba además que este fenómeno es aprovechado con frecuencia por la publicidad. Expresiones como “última oportunidad”, “plazas limitadas” o “solo disponible por hoy” apelan precisamente al temor de perder una ocasión única, cuando una persona siente que el tiempo se agota o que otros están obteniendo algo que ella no tiene, aumenta la probabilidad de que actúe impulsivamente, en ese sentido, el FOMO se ha convertido en una herramienta muy eficaz para captar atención y estimular determinadas conductas de compra.
Sin embargo, más allá del ámbito comercial, el efecto FOMO plantea una reflexión interesante sobre la manera en que valoramos nuestra propia experiencia. Vivimos en una época en la que es posible observar, casi en tiempo real, lo que cientos de personas hacen cada día. Paradójicamente, cuanto más acceso tenemos a la vida de los demás, más fácil resulta perder de vista la nuestra. La atención se dirige hacia lo que ocurre en otros lugares y se descuidan los momentos que realmente estamos viviendo.
Al final de la conversación, mi amiga hizo una observación tan sencilla como acertada. Dijo que, probablemente, siempre habrá alguien asistiendo a un evento más grande, realizando un viaje más emocionante o alcanzando una meta más ambiciosa. Si una persona intenta perseguir todo lo que ocurre a su alrededor, terminará agotada y frustrada. La realidad es que nadie puede estar en todas partes ni participar en todas las oportunidades disponibles, después de todo, la verdadera satisfacción suele encontrarse menos en seguir todo lo que sucede alrededor y más en aprender a valorar aquello que ya tenemos delante.







