Víctor Hugo Islas Suárez
Estimado lector, le invito a que reflexionemos juntos sobre un tema que hoy se debate con fuerza en los pasillos escolares y en la mesa familiar de nuestro país: la Regulación de los teléfonos móviles en las escuelas de educación básica.
Es una realidad insoslayable que la exposición temprana a redes sociales, retos virales, imágenes explícitas y videojuegos sin supervisión expone a nuestros menores a riesgos graves, desde el ciberacoso hasta la acción de depredadores digitales, a esto se suma el acceso a herramientas de Inteligencia Artificial para generar contenido explícito o resolver tareas escolares en segundos, un hábito que debilita el proceso real de aprendizaje al eliminar el esfuerzo analítico, ante este panorama, cabe preguntarnos: ¿por qué existe tanta resistencia cuando se propone regular el celular en las aulas?
Al conversar con padres de familia y detractores de estas medidas, descubrí que la oposición no suele nacer de la mala intención, sino del temor, en el México actual, la necesidad de tener a nuestros hijos seguros nos lleva a querer mantener una vía de contacto permanente, además, muchos consideran que la prohibición total es una medida punitiva que no enseña a convivir con la tecnología, sin embargo, este debate oculta preguntas más profundas sobre la crianza que debemos atrevernos a responder.
¿Acaso un niño de 10 años necesita un teléfono inteligente como regalo de cumpleaños? Desde el desarrollo infantil, la respuesta es clara: no. A esa edad, el cerebro se encuentra en plena formación y carece de la madurez necesaria en la corteza prefrontal para autorregular el uso de dispositivos diseñados específicamente para capturar la atención, entregar un smartphone a los 10 años equivale a abrirle las puertas de un mundo adulto sin un mapa de navegación, de igual manera, cabe cuestionar si un preadolescente está capacitado para operar la Inteligencia Artificial de forma ética, si bien los jóvenes dominan las pantallas con una rapidez pasmosa, confunden la agilidad técnica con la capacidad crítica, cuando la IA resuelve una tarea escolar, el estudiante pierde la oportunidad de desarrollar el pensamiento crítico, la capacidad de síntesis y la tolerancia a la frustración.
Esta problemática no surge de la noche a la mañana. ¿En qué momento el teléfono se convirtió en la niñera del hogar? Todo comenzó cuando permitimos que un pequeño de 3 años tomara el celular para calmar sus berrinches o mantenerse ocupado, en medio de jornadas laborales agotadoras y la falta de espacios, delegamos la contención emocional a una pantalla táctil, acostumbrando a los niños a estímulos inmediatos que dificultan su capacidad de concentración posterior, esto nos lleva al punto fundamental: ¿qué grado de responsabilidad tenemos los adultos cuando nosotros mismos carecemos de una cultura digital sólida? No podemos exigir a los menores un uso maduro si ven a sus padres absortos en las pantallas durante la cena, la verdadera alfabetización digital no consiste en saber usar aplicaciones, sino en comprender sus impactos emocionales y éticos.
La regulación en las escuelas no busca aislar a los estudiantes de la modernidad, sino devolverle al aula su valor como espacio de convivencia, enfoque y pensamiento propio. Como sociedad, nos corresponde asumir el compromiso de poner límites claros en casa, postergar la entrega de dispositivos propios y acompañar a las nuevas generaciones para que la tecnología sea una herramienta de desarrollo, y no un sustituto de la crianza, esto debería de hacerse por lo menos por todos aquellos padres de familia que se consideren medianamente responsables y consientes de la crianza de un menor de edad, aunque el niño en cuestión les haga un berrinche, si se le explica de manera correcta que es por su bien y se le dedica tiempo de calidad no debe haber mayor problema, por el contrario, lo beneficios para su educación serán de gran calidad.







