Víctor Hugo Islas Suárez 

Continuando un poco con el tema de la reforma a la telefonía móvil, quiero recordar o bien informar (por si no lo sabían) la manera en que los algoritmos en la red nos vigilan, viven con nosotros, aunque no los veamos. Están ahí, a cada minuto, sin que reparemos sobre ellos, tienen más influencia en nosotros que nuestra madre, que ya es mucho decir. La economía de los algoritmos ha impregnado en los últimos años una cultura empresarial que busca monitorizar a cada momento los pasos de los internautas. Sometidos bajo un puño de hierro en forma de complejas secuencias y operaciones matemáticas. Están detrás de los servicios digitales que consultamos a diario, pero se extienden, cada vez más, a todos los negocios. 

Hay algoritmos para predecir el tiempo, los atascos y hasta el amor, los hay que componen música y pintan cuadros como si fuera Van Gogh, otros, en cambio, están detrás de la creación de noticias falsas y son capaces de predecir quién va a ganar en unas elecciones. A medida que los ciudadanos ceden poder a las máquinas, más preocupa todo aquello que escapa de su control. ¿Son los algoritmos útiles? ¿Deberían poder auditarse? En ocasiones se piensa en ellos como en la fórmula de la Coca-Cola: secreta, opaca, lucrativa. En realidad, no dejan de ser instrucciones que sirven a las máquinas su poder de decisión. Se alimentan de datos “regalados” por los usuarios, ajustando y personalizando experiencias de uso. Sí, tienen mucho potencial para la toma de decisiones. Un empresario del futuro tendrá (si no la tiene ya) una máquina a su disposición que le ofrecerá los resultados óptimos ante un problema. 

Esos famosos algoritmos son el libro de instrucciones de los grandes servicios digitales que han conquistado la sociedad en los últimos tiempos. Netflix, la plataforma de «streaming» de contenidos multimedia, sabe perfectamente en cada momento los programas que mejor se adaptan a un determinado consumidor. 

Los avances en el campo de la Inteligencia Artificial están cosechando grandes logros para la economía y, por extensión, la humanidad. Hay innumerables ejemplos de cómo empresas y negocios lo aplican a diario para mejorar sus procesos industriales. Y consiguen una armonía con la eficiencia. Una IA, sin ir más lejos, está ayudando a agricultores africanos en Zambia a obtener información instantánea sobre enfermedades de las plantas y patrones climáticos, que antes solo provenían de expertos en agricultura y meteorólogos. 

La IA va a penetrar todos los aspectos de la vida cotidiana. No nos damos cuenta de hasta qué punto es necesaria, tengamos esto en claro, la IA va a transformar las relaciones humanas, el amor, el trabajo; poco a poco lo va transformando todo, pero lo que tenemos que pedirle es que a las empresas que los diseñan, que son corporaciones, sean más transparentes en sus cálculos, porque no son neutros, tienen un fin y sabemos que las máquinas carecen de ambición.  

Lo que esos algoritmos buscan es lo que lo que un humano ha querido, ahora las máquinas pueden reconocer voces, caras, imágenes, pueden entender los patrones del significado de las palabras, movimientos estratégicos en un juego, saber en base a la experiencia y se empiezan a comportar como la inteligencia humana,  y sí, esto ha pasado porque nosotros lo hemos permitido, todos tenemos en los dispositivos conectados a la red información vital, muchos usan aplicaciones para aparecer en escenas de películas, otros más guardan contraseñas en aplicaciones, reconocen la voz y nuestros rostros, y nosotros lo hemos permitido.