Víctor Hugo Islas Suárez 

El fin de semana pasado estuve dentro de un rio subterráneo, por más de 10 horas dependí de la lampara frontal en mi cabeza y sobre todo de sus baterías, pasé en esa cueva un buen rato del tiempo intentando recordar al inventor de tan necesario artilugio. 

El conde Alessandro Giuseppe Antonio Anastasio Volta, pionero en los estudios de la electricidad, nació en Lombardía, Italia, el 18 de febrero de 1745, en el seno de una familia de nobles en Como, Italia. 

En 1779 fue nombrado profesor titular de la Universidad de Pavía, donde entablaría amistad con el hombre que le llevó a desarrollar su gran invento: Luigi Galvani. En 1780 Galvani observó que el contacto de dos metales diferentes con el músculo de una rana originaba la aparición de corriente eléctrica, y animó a sus colegas a comprobar su descubrimiento, al que llamó «electricidad animal» o «bioelectrogénesis».  

A Alessandro Volta le fascinó la idea, pero al contrario que Galvani, defendió que la utilización de tejido animal era completamente innecesaria para la generación de energía eléctrica. Durante los siguientes años, partidarios de una y de otra teoría se enfrentaron dialécticamente de forma casi continua. El final de la disputa llegaría en 1800 con la innovadora pila voltaica, que sentó las bases para la utilización masiva de la electricidad en el mundo moderno. 

La energía de una batería procede de la tendencia de las cargas eléctricas a pasar de una sustancia a otra cuando se dan ciertas condiciones, esa era la energía que Alessandro Volta pretendía aprovechar cuando, a finales de 1799, construyó la primera pila. 

Una batería cuenta con dos electrodos, uno de ellos (ánodo) tiende a ceder electrones al otro (cátodo), por ello, al conectarlos a través de un circuito, los electrones fluyen y realizan trabajo (por ejemplo, encender mi lámpara), pero el simple movimiento de los electrones de un lugar a otro no da mucho de sí, dado que las cargas del mismo signo se repelen, los electrones que se van acumulando en el cátodo acaban, a la postre, por impedir la llegada de más electrones, para lograr una corriente estable, la batería ha de redistribuir las cargas en su interior, ello se consigue transportando desde el ánodo hacia el cátodo iones de carga positiva, tarea que realiza un electrolito, este puede ser sólido, líquido o gelatinoso, en cualquier caso, si la batería funciona es gracias al electrolito interno. 

Una batería de litio cuenta con un ánodo de grafito lleno de átomos de dicho elemento estos ceden electrones al circuito externo, por donde llegan al cátodo, al haber perdido electrones, los átomos de litio se convierten en iones de carga positiva que ahora se sienten atraídos por la carga negativa acumulada en el cátodo, hacia donde fluyen a través del electrolito, esa redistribución de iones compensa el desequilibrio de cargas y gracias a ella se mantiene la corriente eléctrica, hasta que se consume el litio del ánodo. 

Al recargar la batería, el proceso se invierte: un voltaje aplicado entre los dos electrodos provoca que los electrones (y los iones) regresen al grafito, este proceso cuesta energía, que es, en última instancia, la que almacenará la batería para realizar después trabajo útil. 

El mundo actual no se podría concebir sin ese descubrimiento, lo damos como muchas de las cosas cotidianas por “hecho” hay que sentarse a veces en una roca a admirar la maravilla que tenemos en la cabeza o en las manos, el mundo no podría ser el actual sin baterías, celulares, laptops, tabletas, controles remotos, marca pasos, relojes, etc., etc., etc., una maravilla que todos los días tenemos en las manos, pero que solo nos preocupa cuando se está descargando.