Dicen que de toda crisis podemos salir fortalecidos, puesto que surgen habilidades que no sabíamos que teníamos desarrolladas. Usualmente se recurre al lenguaje bélico para superar los retos: son enemigos los que hemos de vencer. 

En el caso de la pandemia, el enemigo es detectable, pero no a simple vista. Además de las complicaciones respiratorias y afecciones a la salud física que provoca este coronavirus, se asoman otras condiciones que empiezan a tornarse serias y que es importante nombrar. 

Esas consecuencias visibles son cuantificables porque hay un seguimiento puntual: síntomas, hospitalizaciones, defunciones y todo el léxico que nos hemos acostumbrado a escuchar, no sin una profunda preocupación y aflicción social. 

Las otras consecuencias, en cambio, apenas se vislumbran: son difíciles de rastrear porque constituyen los daños colaterales de la pandemia y las sucesivas etapas de cuarentena y semáforo rojo. En un país como el nuestro, las restricciones a la movilidad suponen un gran problema que impacta en la economía y, sobre todo, en el ánimo de las y los mexicanos. 

La rutina de antes del confinamiento era más o menos variable: casa, trabajo o escuela y algún lugar de esparcimiento. Ahora todo se redujo a un solo sitio: debíamos transformar el espacio doméstico en nuestro lugar de entretenimiento, de trabajo, de estudio… más lo que se acumule. 

Uno de los muchos sectores desatendidos es el educativo. No sabemos con exactitud lo duro que ha sido para los niños y jóvenes en edad escolar este drástico cambio, pues la convivencia (en el caso de aquellas familias que cuentan con internet y que, en nuestro país, corresponde al 56% de los hogares) ocurre de modo virtual y esta falta de socialización puede originar cuadros de depresión y ansiedad entre los alumnos. 

El rezago educativo ya era visible en años anteriores y ahora se le suma una creciente deserción tanto por razones psicológicas como por motivos económicos. En México hay cerca de 40 millones de niños y adolescentes: prácticamente la tercera parte de nuestra población tiene entre cero y 18 años y la mitad de este grupo vivía en condiciones de pobreza desde antes de la pandemia.  

En ese sentido, el atribulado momento que se vive en las actividades comerciales es una de las preocupaciones más serias, ya por una disminución de los ingresos habituales ya por la pérdida de sus puestos de trabajo. Una duda ronda en el aire: ¿cuáles son o serán las consecuencias en términos domésticos e individuales? 

Es difícil apegarse a la mónita del “quédate en casa” cuando la economía familiar depende precisamente de salir de ella, lo cual se ha traducido en un alto riesgo potencial de contagio. Sin embargo, en casa también existen otros riesgos, tal como lo demuestra el alza de violencia doméstica registrada en las etapas de confinamiento y desde que inició la pandemia. 

Las normas impuestas por la crisis del coronavirus trastocaron la vida social, lo cual tiene repercusiones en la salud mental. Desde la cuestión financiera hasta las visitas dispersas o nulas a familiares o amigos, pasando por la pérdida de personas cercanas, jamás habíamos visto tan a prueba nuestra resistencia psicológica. 

No está de más sugerir que desarrollemos o recuperemos habilidades que nos brinden armonía, o que, como dice Miguel de Cervantes: comuniquemos los males que nos aquejan y escuchemos a nuestros seres queridos.  

Ante tamaño enemigo, cuán importante puede ser un leve alivio.