• Acentúa desconfianza en México y se pierden oportunidades de recuperación

Miguel A. Rocha Valencia

El mensaje de la improvisada secretaria de Seguridad Pública Federal, la honrada Rosa Icela Rodríguez fue claro, no van a ganar la batalla contra el narco, sino la paz, que será seguramente la de los sepulcros ya que en vez de disminuir el número de asesinatos se incrementa; al cierre de agosto iban 92 mil, y de acuerdo con especialistas, llegarán a más de 100 mil víctimas a diciembre, si el promedio se mantiene igual, con aumento del 14 por ciento en los feminicidios.

Igual en todos los ámbitos de la vida nacional; en seguridad ni con la creación de la Guardia Nacional donde el 55 por ciento de sus integrantes “dobletea” en la nómina del Ejército y con eso tienen contentos a los militares y sus mandos que administran el presupuesto que, llegará a los 122 mil millones el año próximo, pero sin gastar en cuarteles ni armamento, se logra abatir la inseguridad, por el contrario, crece.

La novedad es que hoy los criminales se apoderan abiertamente de regiones enteras del país con el consentimiento o inacción cómplice de las autoridades municipales, estatales y federales, convertidas hoy en el brazo político de la delincuencia organizada que incluso incide cínicamente en la elección de “sus” gobernantes por la vía del voto.

Eso necesariamente repercute en lo económico y se suma a la draconiana y cambiante política del Ganso en materia de inversiones privadas, en tanto recorta la pública que hoy ya no alcanza ni el 15 por ciento del presupuesto e incluso una parte de ella se destina a apuntalar las cuestionadas obras presidenciales, especialmente la refinería de Dos Bocas y el aeropuerto de Santa Lucía.

Incluso desde la cancelación del aeropuerto en Texcoco que ya arrastra pérdidas y deudas por más de 600 mil millones de pesos, la desconfianza de los inversionistas se acentúa y cuando parece que se supera, vuelve a aparecer y eso evita ya no un crecimiento como país sino al menos la recuperación de una economía que antes de la pandemia ya no crecía.

A ello se suma la discrecionalidad de los contratos de gobierno y el apapacho a las Fuerzas Armadas que reciben todo lo que quieren y no están obligadas a cumplir contratos como el caso de la construcción de las dos mil 300 sucursales del Banco de los pobres para repartir dinero a 40 millones de mexicanos. No llevan ni 300.

Pero el caso es que la incertidumbre de la inversión continúa por más ofertas que hagan de meter dinero a proyectos, y cancela su participación en otros ya programados. Todavía a inicios de 2018 hubo un aumento del 1.2 por ciento; tomó respiro con la renegociación del T-MEC, pero luego de la cancelación del NAIM se cayó 3.2 por ciento en 2019.

Peor aún, a pesar de la supuesta reconciliación con los empresarios a quienes el Ganso acusó de todo, los chantajeo y lo menos que les dijo fue que eran explotadores y rateros, la firma de pactos y promesas de millonarias inversiones, nada mejoró y es que el gobierno no cumplió y los otros prefirieron no arriesgarse sobre todo luego de la cancelación de proyectos en energía, cerveza e infraestructura.

Luego, como “anillo al dedo” llegó la contingencia sanitaria y la inversión privada se fue a pique, bajó casi 20 por ciento y el PIB perdió ocho por ciento. Traducido a pesos son como 2.4 billones que se sumaron a las pérdidas que ya arrastraba la economía.

Y aunque la recuperación parece que se da sobre todo por el comercio con EU con sus 6.4 billones de pesos en el primer semestre y se generan nuevos empleos, estos no son suficientes y los salarios no alcanzan los niveles de antes de la pandemia. Esa es la razón por la cual el número de pobres alimenticios aumente a pesar de que el profeta presuma en Palacio Nacional aumento de plazas de trabajo.

Pero hasta eso tiene límites y ya para el trimestre abril-junio, el INEGI da cuenta de un nuevo estancamiento, simplemente porque no crecemos; la industria de la construcción que genera mucha mano de obra sigue a la baja, en tanto que la infraestructura manufacturera reporta una caída del cinco por ciento, que parece poco, pero en dinero y empleo, es sustancial.

Lo peor es que de acuerdo al presupuesto 2022, no hay un plan real para estimular la economía, no hay inversión pública que se asocie a la privada y lo más seguro es que el segundo semestre de este año los números sean menos halagüeños.           

Lo único que queda es esperar a que pase este sexenio trágico y perdido y ver de qué tamaño es el tiradero.

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