La imagen termina por ser tu mundo interior 

Aleinad Mina  

La Bienal de Fotografía, una de las exposiciones más importantes del país, en la muestra de su decimonovena edición, llega a su última semana. La muestra es una aproximación a la fotografía contemporánea en México. En esta ocasión se propone como un espacio de crítica, que craquela la tradición, pues nos muestra la transformación de la imagen, en toda su esfera artística, desde los inicios de la Bienal. La curaduría está a cargo de la gestora cultural Lorena Peña Brito, quien consolida un diálogo visual, entre 25 obras seleccionadas, para esta edición. 

Este proyecto se originó, en 1979, en la Sección Bienal de la Gráfica del Salón Nacional de Artes Plásticas. Por primera vez tuvo un lugar importante la fotografía en México, ya que era un arte al margen de la cultura privilegiada. Este evento, al año siguiente se consolidó como la Bienal Nacional de Fotografía en el Auditorio Nacional. En 1994, con la apertura del Centro de la Imagen, dicho certamen formó parte de la oferta artística de este recinto. Desde entonces, este proyecto busca que la fotografía sea motivo para cuestionar, y explorar el escenario actual de la fotografía en México.  

“Si observamos la historia de la Bienal de Fotografía desde una mirada que atraviese el cuerpo propio, es más sencillo de entender su generación, la urgencia de su nacimiento, y su posición en la vida actual artística y cultural en México: saber de dónde viene. La Bienal ha surgido los cambios que caracterizan a nuestras camadas, determinadas por el surgimiento de internet, atrapadas en el cambio de siglo, y marcadas por una pandemia, que nos hace aprender una nueva manera de relacionarnos. Ahora más que nunca, se siente necesaria la imaginación de futuros nuevos…», sostiene la curadora Peña Brito. Así que este certamen nos permite conocer el devenir histórico, de los últimos 40 años, que permea en la fotografía mexicana y la coloca en su actualidad.  

En la Bienal, convergen distintas comunidades ya consolidadas en el medio fotográfico, además ofrece la expresión de jóvenes artistas y su manera de entender el entorno. Los proyectos reflexionan en torno a la migración, desarrollo urbano, violencia, identidad, interioridad y memoria. 

La fotografía, per se, incita a una reflexión sobre el tiempo. Es una creación para poder reflexionar sobre la fragilidad del presente, no con el anhelo de la estabilidad que sostiene su discurso habitual, sino que se arriesga a la flexibilidad creativa que desprende el instante. La Bienal es craquelar la imagen, y con esto, el imaginario en su entorno, como una apertura para mirar y experimentar de distintas maneras la realidad mexicana. Desde lo político denuncia, por ejemplo, que en la selección de la Bienal un poco más de la 4ª parte de artistas son mujeres, y más de la mitad de quien forman parte de la selección son habitantes de la CDMX. Datos que la curadora ofrece en la exposición, para invitar a cuestionar que las categorías de Arte Occidental, siguen marginando otras producciones y sensibilidades artísticas.  

Así pues, la Craqueladura rompe simbólicamente con la tradición de la Bienal a partir de tres ejes: «La veladura y el fantasma», «Redes. Nudos» y «Territorialidades convulsas». Dichos ejes son una interpretación visual de: el paisaje urbano de la Ciudad de México, de la intimidad y lo autobiográfico, del acercamiento a lo colectivo, de fotografías que encapsulan el confinamiento y los imprevistos de la pandemia, así como de la transición de la fotografía en la historia de la Bienal.