Aleinad Mina 

Las fiestas dedicadas a los muertos, es una de las festividades mexicanas más coloridas del año, que conmemora el recuerdo de nuestros difuntos y ancestros. Esta tradición surge como un sincretismo cultural, en torno a la visión de la muerte, que mezcla sus raíces indígenas con las festividades cristianas de todos los Santos. Las prácticas que se realizan en estas fechas permiten la resignificación de la muerte, nos hacen mirar la continuidad que hay entre la vida y el fin de su ciclo, mediante la comunidad entre vivos y muertos. Aquí presentamos las obras más icónicas de la plástica mexicana que captaron desde múltiples ángulos esta experiencia. 

Manuel Manilla, ilustrador y grabador mexicano permaneció a la sombra de Guadalupe Posada. Ambos trabajaron en el taller de Antonio Vanegas Arroyo, quien tenía una de las imprentas de carácter popular más importante de México de finales del siglo XIX y principios del XX. Sus ilustraciones influyeron a Posada, sobre todo con la figura humanizada de la muerte, hay registros que documentan que fue pionero en esta representación. Aunque hay muy escasa información de su vida y su obra, se le atribuyen las primeras imágenes del carácter satírico y humano de la muerte. Sus grabados reinventan la figura de la muerte con un estilo que se preserva hasta nuestros días. Su obra más representativa es “Calavera Tapatía” de 1890. 

La catrina es un personaje icónico, una muerte ataviada elegantemente que no puede faltar en las festividades de los difuntos. La representación surgió en la época del Porfiriato como crítica y caricaturización a los garbanceros. Así eran llamados los indígenas que negaban sus raíces, y pretendían ser europeos, aparentando una cultura y un estilo de vida que no se ajustaba a su realidad. Critica que inspira a Guadalupe Posada e influye para nombrar a uno de sus grabados «La calavera garbancera'», y que en 1912 es renombrada como “La Catrina” por el muralista Diego Rivera.  

De este artista, el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” de 1947, la calavera está en la escena protagónica con la indumentaria de la catrina en nuestra cultura: escuálida, con sonrisa casi irónica, arreglada con su estola de plumas y con su característico sombrero, igualmente emplumado, junto a su primer creador, José Guadalupe Posada y tomando de la mano al propio muralista. En la actualidad, ya sea con su característico vestido victoriano, con flores, con un modelo indígena, con elementos folclóricos o como alusión a algún fallecido famoso, el homenaje que representa siempre Catrina, la dama de la muerte, se ve reflejado en la decoración que lleve esta famosa calavera o “calaca”, como la llaman los mexicanos. 

En el “Difuntito Dimas”, Frida Kahlo recupera la pintura popular mexicana de los exvotos anónimos de agradecimiento. Obras que, por otra parte, Hermenegildo Bustos y José María Estrada, entre otros, en el siglo XIX elevaron a un gran nivel plástico. De igual forma, se apropia estéticamente de los arreglos compositivos que pueden observarse en las fotografías provincianas de “angelitos muertos”, aparecidas a inicios del siglo pasado. 

En la obra “La ofrenda” creada por el destacado pintor mexicano Saturnino Herrán, traza una escena representativa del Día de Muertos en los canales de Xochimilco, en la que codificó a la tradición misma en pintura, predominando colores opacos que conducen a la nostalgia y que contrastan con el brillo de la flor que guía a los espíritus. Se reconoce entre sus personajes a un bebé, una niña, un joven, una dama y dos ancianos, las etapas de la vida, todas abordo de una trajinera, y a su vez detrás de ellos, observa lo que parece una fila interminable de pasajeros que navegan por el río de la vida y que inevitablemente culmina con la muerte representada en la flor de cempasúchil.