Aleinad Mina
El pintor ruso Kandinsky marcó una relevante tendencia en el arte abstracto, sus pinturas y su teoría del arte se alejaron de la representación mimética de la realidad, para crear a partir de la diversidad cromática y la simplificación formal. El espíritu de Kandinsky destacó por encontrar su propio estilo plástico, logró plasmar su visión teórica en su obra, encontrando un vínculo entre la percepción, la abstracción y la trascendencia espiritual.
Kandinsky nació el 16 de diciembre de 1866, en Moscú, estudió derecho y economía, aunque siempre mostró un interés por el arte, su pasión llegó cuando tenía treinta años. Tras estallar la Revolución de Octubre y con el triunfo de los bolcheviques, en medio de la desestabilidad política, confiscaron sus propiedades y Kandinsky tuvo que abandonar su país natal.
En 1896 su vida tuvo un cambio radical, se fue a vivir a Múnich con su esposa Anaia Tchimiakina, para dedicarse a la pintura. En Alemania consiguió entrar en la Academia de Bellas Artes, y fue alumno del célebre Franz von Stuck. Sin embargo, Kandinsky no se inclinó por la academia, sino que sólo adquirió la técnica para descubrir su propio estilo, alejado de la tradición, se adentró al mundo cromático y de las formas puras. Sus primeras obras incursionan en el expresionismo, el fauvismo y más tarde su lenguaje pictórico se va desmaterializándose hasta alcanzar la abstracción de su forma.
Su obra no fue bien recibida por la Unión Soviética, porque no correspondían con el realismo socialista que impregnaba en aquella época. El artista ruso tenía su propia interpretación de la realidad, dándole profundidad a los colores desde sus experiencias abstractas, y se dejó llevar por las vanguardias que se consolidaron como una ruptura de la manera tradicional de concebir el arte.
En su libro escrito en 1911 De lo espiritual en el arte, Kandinsky escribió que “Toda creación de arte es gestada por su tiempo y, muchas veces, gesta nuestras propias sensaciones. De esta manera, toda etapa de la cultura produce un arte específico que no puede ser repetido. Pretender resucitar premisas artísticas del pasado puede dar como resultado, en el mejor de los casos, obras de arte que son como un niño muerto antes de ver la luz.” En efecto, su obra siguió la apertura artística de la vanguardia europea, en esta sobresalen figuras geométricas en movimiento, armonía entre líneas rectas y curvas combinándose con una gran fuerza cromática en distintas tonalidades. Por ejemplo, explicó que la experiencia con el color amarillo es que se trataba de un color disolvente que proyectaba energía e intensidad, mientras que el color azul emanaba calma, contrario al rojo que era impulsivo e inquietante. Así lograba capturar las sensaciones que se desprendían como cualidades cromáticas.
Kandinsky tenía una gran sensibilidad musical, decía que su conmoción tenía algo muy particular pues podía ver colores en las sinfonías. Su percepción era sinestésica, producida por un fenómeno neurológico involuntario que se produce cuando en una misma percepción hay interferencia de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos, así “fue capaz de ver música» en una representación de la ópera Lohengrin de Wagner. Esta habilidad fue su camino para la abstracción lírica, una de las influencias más representativas de su obra.