Aleinad Mina  

Richard Hülsenbeck fue uno de los escritores alemanes autoexiliados en 1916, durante el periodo de la Gran Guerra —como muchos otros artistas que huyeron—encontró su refugio en el Cabaret Voltaire, en Zurich. En aquella época para vivir se requería arte, pues el quebradizo mundo tendría que regenerarse y las páginas de Hülsenbeck fueron testimonio.  

Las primeras décadas del siglo XX fueron de total incertidumbre a causa de la Primera Guerra Mundial, de los avances tecnológicos —como la aparición del automóvil o el cinematógrafo—, y de los nuevos descubrimientos científicos. Este nuevo escenario requería nuevos significados, ¿y no es el arte la apertura a nuevos mundos, no es su destino liberarnos de reproducir la realidad? Se necesitó innovar el orden, tanto del mundo como de ideales, desde la cotidianidad hasta las utopías políticas exterminadoras. En Introducción al almanaque «Dadá» (1920) Hülsenbeck escribe acerca de cómo un movimiento artístico puede construir nuevas experiencias: “«Dadá» es el espíritu danzante por encima de los moralistas de la tierra. «Dadá» es la gran manifestación paralela a las filosofías relativistas de esta época. «Dadá» no es un axioma. «Dadá» es un estado del espíritu, independiente de las escuelas y de las teorías […] No puede comprenderse a «Dadá»; se debe vivenciar a «Dadá». Se es dadaísta cuando se vive.  

Las vanguardias artísticas surgen, en este contexto, como la ruptura de todos los valores tradicionales. Se desligan de los valores que presuponen ser condición necesaria para considerarse una obra de arte: lo bello, la pureza abstracta de la razón, el agrado sensorial, la reproducción de la naturaleza, es decir, la mimesis; todos estos valores de la tradición fueron cuestionados por las nuevas propuestas artísticas, que dieron lugar a lo moderno. Las vanguardias son un hito en la historia del arte, sus propuestas promueven valores relativos según las necesidades artísticas de cada movimiento. Así su libertad creativa revolucionó la manera de concebir el arte.  

Entre las diversas vanguardias el dadaísmo fue un movimiento sumamente radical, pues colapsó todo valor estético ceñido a los momificantes museos, y se convirtió como menciona Hülsenbeck en un estado artístico de vivir. Dadá era asumir creativamente los matices de la vida. Tristán Tzara menciona en el Manifiesto Dadaísta de 1918 que: “es un entrelazamiento de los contrarios y de todas las contradicciones, de lo grotesco, de las inconsecuencias: LA VIDA”. Al no ser axioma, es decir, un único principio que dictamina códigos, el movimiento dadaísta apostó por la infinita creatividad.  

El movimiento trató de entretejer la diversidad de estilos y de experiencias. Cada artista convergió en su presente y cada instante fue para ellos una potencia creativa. Hugo Ball, Emmy Hennings, Sophie Taeuber, Tristán Tzara, Jean Arp, Marcel Duchamp, Richard Hülsenbeck, entre muchos otros artistas, se reunían en el Cabaret Voltaire: un espacio para la experimentación artística, y para conformar un espíritu político que se oponía al sistema y a sus principios.  

En las veladas del Cabaret Voltaire ocurrían representaciones interdisciplinarias, que rompían con el teatro tradicional: Hugo Ball hacía una representación junto con el público, mientras se acompañaba de la música y de la poesía de Emmy Hennings en francés o danés, o las poesías rumanas de Tristan Tzara.  Algo similar a lo que tiempo después se nombró como performance y happening.  Paralelamente, se podían apreciar fotomontajes, dibujos, pinturas, relieves y collage con letras, textos e imágenes superpuestas. Sin ningún orden, ni armonía aparente, las nuevas propuestas visuales fueron expresiones espontáneas que no requerían de técnica. Por otro lado, muy característico del movimiento fue el inicio del arte conceptual, con los readymades un término que designa un objeto cotidiano sin valor artístico, pero que el artista al encontrarse con ese objeto puede elevarlo a la categoría de arte. Marcel Duchamp fue pionero en esta propuesta, su arte consistía en un arte antiretiniano, que a diferencia del arte visual tradicional —como la pintura o la escultura—, no requería contemplar la obra sino dislocar lo que se percibe con lo que provoca a la reflexión.  

El arte dadaísta llegó a terrenos inexplorados, incluso con cierto escepticismo artístico se cuestionó el arte mismo: el dadaísmo es anti-literatura, anti-arte. Sin duda, hasta ahora el arte dadá es una subversión en la historia del arte, que forjó una nueva sensibilidad estética, aunque cómo menciona Hülsenbeck, no pretendía ser una escuela o dictaminar principios artísticos. Es un arte que se sostiene por sí mismo sin necesidad de fundamentos, que refleja la misma vida mediante el azar, el juego, el absurdo, y la ironía.