Enrique Escobedo

En todos los oficios, en todas las profesiones y en todas las actividades de la vida de los seres humanos hemos sido aplaudidos y también abucheados o nos han mentado la madre con silbidos, con el claxon o literalmente nos han mandado muy muy muy lejos. Que yo sepa nadie se salva de esos momentos de claroscuros, ya sea por una mala actuación, decisión o torpezas propias de cada uno de nosotros. Nadie es “monedita de oro” para caerle bien a todo el mundo y cometer errores en la vida, tropezar y levantarse es parte de la condición humana.

En política lo más común en las sociedades democráticas es observar manifestaciones de repudio a los gobernantes. Los aplausos pueden ser sinceros, pero en muchas ocasiones son fingidos debido al ambiente de adulación que impera en ese medio. Abucheos, aplausos y mentadas de madre son elementos que un político bien preparado debe estar dispuesto a recibir y saber lidiar con cada situación. Ser una figura pública implica ser objeto de esas situaciones.

Es cierto que en México no era costumbre la rechifla a los presidentes, pero desde el grito del 15 de septiembre de 1968, de Gustavo Díaz Ordaz a la fecha es común escuchar en la plancha del zócalo capitalino, con mayor o menor vehemencia, las mentadas de madre a nuestros mandatarios. Lo cual por supuesto que no les gusta debido a su vanidad y orgullo. A nadie nos gusta que nos abucheen o nos recuerden negativamente a nuestra progenitora.

Lo paradójico de las críticas y las rechiflas populares a los políticos es que en lugar de cuestionarse acerca de los motivos por los cuales son señalados con silbidos y chistes populares, reaccionan con una total falta de autocrítica. Me queda claro, en primer lugar, que sus asesores no les dicen la verdad, sino lo que desean escuchar. En segundo son tan vanidosos que no logran comprender la incapacidad popular de ser vistos como semidioses impolutos, hijos de Adonis y casi perfectos y, en tercer lugar consideran que el pueblo es un mal agradecido incapaz de comprender todo lo que ellos hacen por nosotros.

De entrada, dicen que tenemos derecho a silbarles. Pero no es un derecho que ellos nos dieron, son parte las libertades escritas desde la Constitución original de 1917. Nos dicen que respetan esas manifestaciones con lo cual nos amenazan veladamente a fin de decirnos que nos podrían reprimir; olvidan que la libertad de manifestación de ideas no está sujeta a coerciones. Nos avientan a la cara que desde Francisco Madero ningún presidente fue tan criticado, lo cual es obvio, Madero era un demócrata y no se quejaba de ello.

El presiente López Obrador argumenta como un político sumamente vanidoso y no como un servidor público acerca de su negativa de acudir a Acapulco porque algunos grupos manipulados por sus enemigos le mientan la madre y él tiene que cuidar la investidura presidencial. A lo que yo argumento que dicha investidura es simbólica y como tal el primero en cuidarla, blindarla y protegerla es él mediante un buen gobierno en materia de protección y seguridad a su población.

Una persona respetada es por su congruencia entre lo que piensa, dice y hace. También por su trato humano, educado y decente. Un presidente debe tener amor propio y alta autoestima, pero no debe ser orgulloso, fatuo, narcisista, ególatra, vanidoso y presuntuoso. También debe saber enfrentar auditorios críticos y populares y, en su caso, como hábil político, revertir la situación. De hecho, así se hacen los estadistas.

Sumirse ante manifestaciones populares y dejar de lado la responsabilidad en subalternos y solo acudir cuando será aplaudido dice mucho de quien gobierna.