*Criminalidad impune crece en violencia; inseguridad aumenta

Miguel A. Rocha Valencia


De acuerdo con el INEGI, “apenas” van más de 23 mil 700 asesinatos -conocidos- en la actual administración, con lo cual faltan cuatro mil para alcanzar la cifra de 27 mil que se registraron durante el primer año de gobierno de Felipe Calderón en 2011.

De acuerdo a la tendencia de 100 homicidios diarios, los catastrofistas aseguran que al final del primer año de gobierno de López Obrador, el número de asesinatos llegará a 33 mil, con lo cual se marcará un récord histórico en los anales violentos del país.

Para integrantes de la Plataforma Futuro 21 y Causa en Común, el país se encuentra inmerso en una de las peores crisis de violencia de los últimos 20 años, donde el feminicidio adquiere relevancia, tal vez porque en otros tiempos no se clasificaba así el asesinato de mujeres.

El caso es que, con cifras del Secretariado de Seguridad, los homicidios en sus diversas modalidades, la extorsión y el secuestro, van al alza, en tanto que los patrimoniales en sus formas de asalto a mano armada, robo a casa habitación, se tornan más violentos.

Afirman tales organizaciones que, ante los hechos, el gobierno federal cae en la tentación de la opacidad y se dejan de manejar cifras reales que, en algunos estados del país, son de espanto, como Veracruz, Tamaulipas, Guerrero o Guanajuato donde los hechos de sangre no sólo crecen, sino que se hacen notar por su violencia e impunidad.
Frente a esto, las autoridades se confrontan, gobernadores se desdicen, legisladores se retan y amagan con pedir la desaparición de poderes en entidades gobernadas por los contrarios.

La Guardia Nacional, continúa como una entelequia que sólo sirve para contener a migrantes, pero que, en seguridad, no da resultados, mientras el Ejército se repliega.

El caso es que entre los dimes y diretes de todas las partes, de los oficialistas y los fifís, la percepción es de inseguridad, temor. Ni siquiera en los altos niveles son capaces de ponerse de acuerdo y hasta gobernadores como el de Aguascalientes, acusan que en el seno de las reuniones del gabinete de seguridad cada quien da sus datos y se sacuden responsabilidades.

Así, sin alguien que marque una estrategia real y sólo se atine desde el alto mando a pedir a los asesinos, secuestradores y narcotraficantes a que piensen en sus mamacitas o se les diga fuchi, guácala, los mexicanos nos sentimos huérfanos, especialmente aquellos que sufrimos ya los embates de una delincuencia cada vez más armada y violenta.

La crisis de violencia se traduce en una inseguridad en todos sentidos. Hoy más que nunca tenemos miedo a grado tal que nos disfrazamos, ocultamos y procuramos pasar desapercibidos ante el temor de ser presa de quienes sólo nos ven como negocio, víctimas sin protección ante la ineficacia o complicidad de una autoridad ausente y omisa donde prevalece la ley de la selva…

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