Carlos Ramos Padilla 

Lo que parecía una simple y sencilla apreciación cada vez toma fuerza como certeza: las Fuerzas Armadas están molestas, ofendidas y menospreciadas. Decía que el personaje que ocupó el cargo de secretario de la Defensa Nacional por seis años, responsable de custodiar la soberanía y valores nacionales fue salvajemente atacado por una jauría de lambiscones sin dignidad que a grito abierto ofendieron al militar y lo involucraron en gobiernos corruptos del pasado sin aportar prueba alguna.  

El mismo presidente endureció el discurso y ahora ya LIBRE el General, endulza su tono. He dicho convencido que si alguien ha radicalizado al país es el propio mandatario y el Ejército no es ajeno. También he manifestado que los errores diplomáticos (que aquí quieren hacer ver como éxitos) los vamos a pagar y caro.  

Perder la confianza de un gobierno como el de Estados Unidos, siendo socios y vecinos, es una apuesta muy temeraria resultado de improvisaciones y disparates como usar a la tribuna de la ONU para hacer crónica de un avión que se rifa, pero no se rifa. 

Solicitar disculpas a otras naciones por la conquista, pero no tener los pantalones para recordarle a Trump que ellos nos robaron la mitad de nuestro territorio; enviar a la esposa a Europa por un penacho; desacreditar el triunfo de Biden argumentando resultados oficiales. 

Dar asilo y protección a Evo Morales; desafiar a los hombres de negocios del planeta y no acudir a Davos; enviar a la Guardia Nacional a contener a migrantes centroamericanos cuando días antes se ofreció “fronteras abiertas”; intentar dinamitar el prestigio y responsabilidad de una embajadora como Marta Bárcena mientras por cuotas y cuates se promueven a otros como Isabel Arvide o Alberto Barranco; intentar disminuir el golpazo de saber que un embajador es ratero en una librería como Ricardo Valero; tratar de explicar por qué Scherer no declaró en su patrimonio una propiedad cerca de Central Park en Nueva York. 

El ridículo de la extradición de Lozoya, en fin, una montaña de atrocidades. En Estados Unidos, al interior del Senado, se exigirán explicaciones por haber violentando su Estado de Derecho (regules of the law), desde la forma de aprehensión del General Cienfuegos hasta su “entrega” sano y salvo en territorio mexicano.  

Esa bola no la van a dejar pasar. Y aquí, el gobierno federal no supo atender la oportunidad de defender a un mexicano, a un servidor público, a un militar y a un exsecretario de Estado, por el contrario, la denostación fue la carta de presentación en las mañaneras.  

Toda la fuerza del Estado Mexicano tendría que haberse aceitado para proteger los derechos de Cienfuegos para que como al final acabó, sea investigado y en su caso juzgado en nuestro país. Pero el presidente se encargó de compararlo con García Luna, así de sencillo.  

Ayer escribí y lo sostengo, escupir al prestigio de un general es asunto de malnacidos y temerarios, no demostrar su culpabilidad es cuestión de mezquindades y no defenderlo es cosa de cobardes. También señalé que aquel que con uniforme cometa traición a la patria deberá recibir el más amplio repudio y sentencia legal posible.  

La estabilidad de nuestro país, su prestigio, sus leyes, sus instituciones y su decoro no pueden ni deben quedar en la boca de Epigmenio Ibarra, Ackerman o Mendieta. El presidente tiene la última palabra. 

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