Vladimir Galeana Solórzano
La disposición no mereció siquiera un rato de reflexión. Fue terminante, obligatoria, pero, sobre todo, y para no dar lugar a interpretaciones, envió a su hombre de mayor confianza, el que hurtó a decir de los expertos poco más de treinta mil millones de pesos de la Línea Dorada, y que sirvieron al ahora Presidente de la República para mantener una campaña de seis años por todos los rincones del país, mientras el ahora Canciller vivía fastuosamente en París y en Estados Unidos.
Tan ligados estaban, que una vez que López Obrador
fue declarado Presidente electo, al día siguiente Don Marcelo Ebrard Casaubón
ya estaba despachando en la casa de la Colonia Roma. Muchas veces criticamos
las estrechas ligas de Andrés Manuel López Obrador con los gobiernos populistas
de América del Sur, y principalmente con Hugo Chávez en su momento, y después
con el actual remedo de dictador Nicolás Maduro, quien se ha convertido en el
destructor del otrora país más rico de Latinoamérica.
Tanto lo quiere y estima, o tantos favores le debe, que fue invitado especial a
su toma de protesta como mandatario, aunque por seguridad prefirieron que
solamente estuviera en Palacio Nacional, sabedores de que una presentación pública
podría convertirse en un infierno de rechiflas para el dictador venezolano.
Poco le importó al señor López Obrador que los mexicanos en general
criticáramos la presencia de su amigo, el principal autor del asesinato de la
democracia en el país sudamericano.
Por lo pronto Andrés Manuel López Obrador ya dio la muestra del camino sin
retorno que escogió para reafirmar su doctrina gubernamental, y no es otra que
los dictados que le ha determinado Nicolás Maduro, a quien también debe mucho
porque fue muy generoso con la ministración de recursos para que siguiera
haciendo campaña permanente sin que las autoridades electorales se atrevieran a
sancionarlo para no ser víctimas de sus dicterios. Caro le costó al país la
cobardía de los funcionarios electorales.
La muestra de la puesta en marcha de la venezolanización del país la dio con el
decreto publicado el pasado treinta de marzo, en el que establece el paro de
las empresas y comercios no esenciales, pero con la obligación de pagar
salarios íntegros a los trabajadores, o liquidarlos conforme a la ley. La
amenaza fue vertida por el propio Canciller, Marcelo Ebrard Casaubón, a quien
se menciona ya como titular de la Secretaría de Gobernación, quien dijo que
habrá responsabilidades penales para los dueños de las empresas que no cumplan
con el mandato emitido en el mencionado decreto.
Para decirlo más claro, la pena de infamia es un término utilizado para
denominar a la maldad materializada en algún comentario, información, o
cualquier otro medio que permita exhibir públicamente y asestar un golpe a la
honestidad y credibilidad de un individuo. Y esa pena que está prohibida por la
propia Constitución, será empleada para dar a conocer públicamente a los
empresarios que no cumplan con lo dispuesto en el decreto de marras. Lo peor es
que no solamente serán exhibidos, sino encarcelados porque así lo determinó el
tirano en ciernes que por ahora detenta la Presidencia de la República. Al
tiempo.















