Carlos Ramos Padilla

No soy adversario, no soy enemigo, tengo identidad, soy contribuyente, tengo profesión, soy periodista, pero ante todo soy mexicano con libertades que me garantiza mi Constitución. No soy fifí, ni conservador, ni chairo ni mucho menos naco, ni me escondo cobardemente con pañoletas en el rostro. Me he preparado de siempre para ejercer mi vocación y para gozar de mejores instrumentos para convivir, para informar, para formar criterio y crecer como nación. Soy universitario.

No estoy, como muchos, dispuesto a que nos insulten o menosprecien sin razón ni argumentos. No nos gusta que nos coloquen en un paredón público, el que sea, para radicalizar y enfrentar. Esa no es la meta de un país sé que respete así mismo y de que entendamos que cada uno de nosotros tiene una función única. Esto sirve de antecedente para desahogar varios asuntos.

Raya en el extremo la serie de calificativos que a diario se le acomodan a quienes piensan y sienten distinto y más aún acusaciones infundadas con el único fin de salvaguardar la imagen de aquel que las expresa. Es enfermiza la cadena de simulaciones y mentiras que se nos exhiben además del sarcasmo de “tengo otros datos” y “lo que diga mi dedito” cuando no hay respuestas claras a los conflictos que a todos nos lastiman.

Evadir responsabilidades es ya costumbre frecuente, todos tienen la culpa de todo lo que no está bien, menos yo. Insultante que se le dé asilo a perseguidos por la ley por tratarse de hampones y tiranos mientras aquí se habla de una lucha frontal contra la corrupción. Asombroso que, de cobijo político a enemigos, si enemigos anteriores que hasta tiraron sistemas electorales.

Duele que se de preferencia a rifas insultantes antes de atender la enfermedad de niños en fase terminal. Es inaceptable que acribillen a familias y niños unos entes y la respuesta sea edificar un “memorial” o distraernos con una llanta ponchada. Inaceptable que familias con hijos debilitados por el cáncer tengan que abandonar el país para buscar alivio médico en otras fronteras como el caso del maestro Walter Rupprecht.

De antología que cuando se le pregunta por personas desaparecidas o muertas la réplica sea “no contestó provocador”. Ilícito que se permita que nuestra Casa de Estudios sea violentada por células pagadas por ganar un botín político, no el engrandecimiento de nuestros jóvenes. Ridículo que el presidente del nieto, de nuestro presidente sea Trump y lo festejen dejando enormes dudas sobre el comportamiento y recursos económicos del padre.

Doloroso saber que los problemas migratorios se resuelvan a golpes por instrucciones de un mandatario extranjero. Por estas y muchas razones más da rabia saber que las reacciones del gobierno tardan tanto como el presidente en expresar una idea. Por elemental sentido común y humanitario se tendría que dar la orden inmediata de reducir los recursos al béisbol para salvar la vida de nuestros niños.

Dejar de hablar de rifas para que se nos informe dónde está Ovidio. Dejar de perseguir al contribuyente con amenazas fiscales y mejor aprehender a los evasores de su gobierno y partido que ya fueron beneficiados por los “corruptos” que le antecedieron. Da rabia saber que la CNDH no representa a nadie y que quieren dinamitar al INE arrollándonos a todos.

Da rabia saber que fueron suficientes 14 años para concluir una carrera universitaria y 18 años de campaña atacando a todos y ofreciendo soluciones inmediatas para que en poco más de un año nos enteremos que Juárez se casó con Carmelita. Todo esto da rabia porque estoy escribiendo sobre México, nada más por eso.

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