Miguel Ángel López Farías

López Portillo heredó la frase, nada podía ser peor para México que volverse un país de cínicos, no solo pusimos los pies en esa latitud, sino que elevamos la apuesta, ya no solo somos cinicos, sino inconscientes, el paroxismo de todas las desgracias se suscribe cuando nuestras agendas individuales son lealmente dañinas para los colectivos, ¿Qué pesa más que un niño con cáncer, que todos los niños de México y su incierto futuro? ¿El avión presidencial? ¿La rifa? ¿Qué pesa más que el grito lastimero de los cientos de miles de familias que no encuentran a sus hijos, a sus parientes?

¿Qué les dice a los hombres y mujeres del poder los apellidos Lebarón, Sicilia o los otros que no tienen reflectores, pero que se van a la misma fosa común de las noticias? ¿Qué conciencias quedan en esta planicie y que sean dignas de elevar la voz para dejar en claro que ningún poder político puede estar por encima del sencillo movimiento de hacer lo correcto en un país en donde ser corrupto o mentiroso es lo normales lo aceptable?

Entrevistar a las madres de los niños con cáncer me ha sacudido, el espacio de urbe de hierro en ABC Radio 760 am, pero el escudriñar en el dolor ajeno me ha llevado a plantear la siguiente pregunta: en ¿qué punto de este laberinto escogimos la brújula del egoísmo y de la indolencia para aceptar que el sufrimiento y muerte de una criatura enferma de leucemia es parte de los ajustes de un gobierno que combate a la corrupción proveniente de la compra de medicamentos? ¿Qué disculpa llena el vacío en un hogar que ve extinguir la llama de uno de los suyos todo por qué la inyección no llegó?

Y aun cuando la respuesta de las autoridades de salud vaya siendo lo que se esperaba, con visos de solidaridad y de cierto humanismo, en el fondo subyace la patética figura de las decisiones políticas tan dadas en estos tiempos a sustituir la razón, el sentido común. A eso me refiero cuando se arrastra la pluma o se teclea para asentar que un grueso de la piel sensible de los mexicanos se ha perdido embobada entre noticias que rifan aviones, que refieren a encontronazos con Bolivia o que reiteran que el mundo ahora es mejor después de que se fueron los corruptos.

Que desgracia para todos el que uno de los nuestros, un niño con cáncer sufra aún más de lo que debería, todo por qué en las ventanillas de gobierno decidieron combatir a las grandes empresas torcidas y canallas que lucran con las medicinas, y sin negar que sí existen ese tipo de negocios, mal por el tino para querer cambiar todo en medio de la curación de esos infantes, en mala hora decidieron combatir la corrupción, dirían los familiares, en mala hora lanzaron acusaciones cuando en realidad se requería que no se perdiera de vista la aplicación de quimios para que ninguna vida se perdiera.

Algo hemos hecho mal, y no todo es responsabilidad de quienes gobiernan, ellos se irán en cinco años, sus nombres pasarán a la historia como los buenos o malos de una película, pero la que se queda es esta sociedad tan impactada por la muerte de un basquetbolista, pero inconmovible ante el dolor de esos niños que no entienden el por qué les tocó nacer en este país, uno que es capaz de llorar por la derrota de la selección de fútbol pero no por la caída de un ser inocente.

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