Miguel Ángel López Farías  

Amo el buen fútbol, el que respeta mis neuronas y me da trato de espectador, no de buzón de consumo.

Vómito con el que se juega en México, ese de la liga MX.

El que se practica en este mundial, que apenas comienza, es de revisión obligada, hay nivel, se agradece. 

Y sí, lamentablemente no creo ni por un segundo que a la selección mexicana le vaya a ir bien y no es por ser «malinchista», ni traidor a la patria. 

Es mi muy personal punto de vista, una que considera que los muchachos que están allá portando la playera verde son, lastimosamente, la proyección de una parte de esta sociedad, de una generación… una que no sabe lo que es el coraje y el pundonor.

Seleccionados de cristal, inflados por la fábrica de ídolos que significan las televisoras… nuevamente un cuadro de los productos «milagro» con los que el público babea.

¿Odio hacia el fútbol? No, de hecho, lo practique cuando pumas era el sueño de cualquier joven, tiempos de menor corrupción y favoritismos. No llegue a más por qué no di para más. 

Pero veamos la alineación actual, los sobrevalorados chavos de la selección, deberían ser en teoría, lo mejor de lo mejor del balompié nacional, jóvenes entrenados bajo los más exigentes estándares, capaces de competir con los mejores, en cualquier parte del planeta, atletas con la capacidad mental y confianza en lo que hacen al punto de actuar como hombres máquina… ¿Exagero? ¿Y cómo creen que entrenan a los brasileños o japoneses?

Pero permítame expandir está reflexión, en el partido contra Polonia, vimos a un grupo de «atletas» nacionales sin la pólvora en el rostro, inconexos con la tarea frente a si, que no es otra cosa que la de hacer con el balón y la estrategia una sinfonía precisa. No lo fue, por una razón: carecen de toda voluntad de sacrificio y concentración, cualidades que se siembran y trabajan en aquellos que aceptan la misión.

Lo que proyectan estos chavos es lo mismo que sucede en el país, vivimos en la espesura de la mediocridad, de la tibieza y esa falta de arrojo. 

Solo que con la diferencia de que estos jugadores son a su edad, millonarios, viven muy bien, más como producto de la generosa publicidad de sus clubes que los llega a convertir en héroes con calcetas… pero, otra vez, inclinados más a la mediocridad que a el gigantismo deportivo.

Esta selección no lleva a los mejores, este equipo es un producto comercial, con directivos que saben más de porcentajes de ganancias y «moches» con promotores. Esta selección no es ni por mucho parecida a otras que llegaron a mostrar más personalidad y verdadero espíritu en la batalla tras el balón.

Este equipo, y ojo, no sé si ganará ante argentina o el que siga, este conjunto es un club de malos embajadores de lo que en el país se vive, tiempos de cobardes y resignados, de luchadores de cartón, de opinadores de café, pero no de valor y amor propio.

Suena muy amargo… pero estas dosis ya las hemos visto, y es preferible sacudirnos un poco que seguir actuando como si no lo supiéramos.