Migue Ángel López Farías

¿Recuerda cuando a uno, de chiquillo, se nos disfrazaba de revolucionario o de Adelita?, el México de aquellos años  fijo el andamiaje cultural para esta sociedad en los viejos pilotes de la gesta social en donde la parafernalia incluía lemas extrañísimos como el de “tierra y libertad”, (algo que los campesinos-campesinos, no saben lo que realmente es) o el cómo por medio del exorcismo de “sufragio efectivo, no reelección” se le cortaron las alas a más de un caudillo para no repetir turno en la silla, pero eso no evitó que un sistema presidencialista se fundará sobre los huesos de Madero.

Un ojo estudioso notaria que la Revolución Mexicana fue una carnicería que dejo más de un millón de muertos, no todos por las balas, sino que hay que añadirle que el tifo, infecciones virales y todo tipo de enfermedades propias de África hicieron su parte en aquellos tiempos.

La Revolución Mexicana fue mutilada por sus mismos padres, personajes que han pasado a la historia previo arreglo cosmético para convertirlos en semi dioses, cuando en realidad representaban sendos intereses o eran piezas de control de manos extranjeras, porque no hay que olvidar que los Estados Unidos fue el gran ganador en esos diez años, aquí , los héroes se asesinaron unos a otros, la silla era la dama (sigue siendo) más apetitosa y el costo era escupir fuego, lanzar frases grandilocuentes y tener estomago para pasar por encima de los cadáveres de sus enemigos, y si era necesario, de sus amigos, (pregúntele a Álvaro Obregón y a Plutarco Elías Calles, cuates y paisanos que se dice, uno fue mandado asesinar por el otro porque, imagínese, quería quedarse más tiempo en la presidencia).

Le digo, mientras el capítulo de la Revolución romanceo con los corridos, los trenes de vapor o leña, las hazañas en combate, el sueño de una indigesta democracia en un país en que teníamos de todo , menos cultura democrática, en donde la miseria era capaz de convencer por unos pesos para que un joven fuera a la bola, o en contra de su voluntad, para escribir su pequeña página de valor y arrojo, mientras la sangre era derramada, los norteamericanos se hicieron de un jugoso mercado de venta de armas y municiones que sirvieron para que la indiada mexicana se matara salvajemente, tal y como nos calificaron en la frontera norte, y peor aún, los mexicanos, con todo y nuestro borlote revolucionario le fuimos dejando una mesa muy puesta a las grandes compañías petroleras que terminaron adueñándose de nuestro subsuelo (en serio , ¿no le suena toda esta trama? ¿gringos que nos venden armas mientras que tras bambalinas mueven los hilos que controlan nuestra economía, sea por medio del petróleo o la venta de drogas?)

Los espejos de la historia sirven para mirar el pasado y presente, y si no modificamos caminos, ese es el que tendremos en el futuro, la doctrina revolucionaria ha sido un traje que sirvió para cubrir los huesos de un partido, de un sistema, muy útil para la conformación de instituciones, pero que detrás de ello se ensamblo el engranaje que abrió la puerta a un país plagado de injusticias, de diferencias sociales.

Seamos sinceros, las monografías de las rieleras o los de cananas y botella en la mano no explican el por qué la revolución solo fue una escuela de alta ingeniería que dejo más pobres a los pobres y conformó a una nueva raza de ricos, de familias extremadamente poderosas que hasta la fecha poseen derecho de apartado en el México feliz, feliz, feliz.

Solo algunos actores y sus doctrinas han cambiado, el papel de la iglesia se ha visto disminuida y el del ejercito paso de ser uno de los brazos de mayor estabilidad social a el de meros policías persiguiendo narcos en lugar de villistas y aun así, significan, los hombres y mujeres de verde olivo, el tronco más poderoso de este país y que posee una firme raíz popular que nos remonta a lo más rescatable del proceso revolucionario.

Aun así, la Revolución Mexicana, con todo lo que se ha dicho, documentado, analizado o escrito, es, para México, uno de los grandes pendientes en un horizonte de consolidación de la más elemental justicia social, muertos que crearon notas épicas y fundaron una escuela romántica montada a caballo y bañada de pólvora, que encendió la mecha de la demagogia, pero que no ha podido traducirse en un país sin corrupción, sin caudillos presidenciales, sin concentración de la riqueza o lo peor, en la constante aparición de más y más miserables que siguen esperando que de la mano del gran papá gobierno salgan las respuestas a todos sus males.

Y mientras ese tren de la revolución y sus recompensas pasa por esta nación seguiremos soñando en como de niños nos dibujaban bigote y patillas y a las niñas sus infaltables trenzas para simbolizarnos que la revolución fue una parafernalia tan propia como los festivales de la primaria.

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