Miguel Ángel López Farías
En verdad que salen caras las ideologías trasnochadas. Pemex es, por razones prácticas, una suerte de hijo incapacitado para ser productivo por sí mismo, y no tanto por culpa de lo que existe en el subsuelo (el petróleo y el gas), sino porque esa ubre ha alimentado a una caterva de vividores, «padres» y «tutores» que hicieron de Pemex un hijo inútil, improductivo para los que demagógicamente les han hecho creer que son los dueños, o sea, el «pueblo de México», y una mina «paraestatal» muy generosa para sus regenteadores.
Sin duda que la deuda de la empresa pública le quita el sueño a la presidenta y a su secretario de Hacienda. Los vencimientos para este año rondan entre los 6,400 millones y 8,900 millones de dólares. Y no es que solo se deba y se negocien nuevos plazos, sino que Pemex, sin oxígeno, contagiaría a los de por sí golpeados proveedores que llevan meses sin cobrar, contagiando a toda una cadena de suministros y servicios de los cuales la propia compañía depende.
Y las malas noticias no paran ahí. Para el próximo año, 2026, la cantidad de vencimientos llegaría a 18,700 millones de dólares, y como señala el columnista de El Financiero, Enrique Quintana, «ni aun en el mejor de los escenarios, las finanzas de la empresa petrolera darían para cubrir esa cantidad».
Este rescate hacendario a favor de Pemex implica salir a jugar en los mercados colocando bonos y, si estos son respaldados por el Estado, pues son bien vistos, tal y como señalaron las agencias calificadoras S&P y Fitch.
Extraoficialmente se menciona que esta colocación de bonos en el Tesoro estadounidense sería cercana a los 10 mil millones de dólares (en realidad, cubren la mitad de lo que Pemex debe). Insisto: este dinero servirá para que muchas empresas que están al borde de la quiebra porque Pemex les debe no vayan a parar al camposanto, e es importante mencionar que, aun con esta primera etapa, no se cubrirían TODOS los adeudos, solo una cuarta parte de lo que se debe, y se tendría que volver a apostar por una figura así de colocación de bonos de deuda soberana.
Ahora bien, esto es producto de la ingeniería financiera del Gobierno de México y tiene que resultar, sí o sí, por el bien de todos.
Pero, definitivamente, Pemex, por más que se aferren los trasnochados del populismo, no puede seguir así. Primero, como una quimera a la cual se le intenta hacer que produzca gasolinas y que a punta de decretos seamos autosuficientes. «Dos Bocas» es un costoso fraude, pero no el único; otro cuerpo similar es la conducta de drenaje en el que se convirtió su sindicato y, en gran medida, un costoso y corrupto cuerpo operativo, mismo que sexenio tras sexenio llegan a las oficinas de la Torre de Pemex para instalar virreinatos a costa de una muy violada economía petrolera (¿ya se nos olvidó Emilio Lozoya y Odebrecht en la época de Peña Nieto o el Pemexgate para solventar la campaña de Francisco Labastida?). O sea, no ha habido un solo presidente con todo y su partido político que no haya prostituido a la petrolera.
La realidad nos hace ver hacia adelante y no se aprecia un futuro saludable para Pemex, sumergida en un bucle de deudas y rescates, rescates y más deudas, excepto si se llega al punto en donde el Gobierno acepte que es el peor administrador y rompa con el paradigma (algo que difícilmente sucederá, pues las neuronas de una soberanía energética mal entendida lo imposibilitan), o esperamos que Pemex termine de arrastrar al país.
La apuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum significa un salvavidas, necesario ante la urgencia del momento, solo que postergar una cirugía de mayores proporciones es ya cuestión de vida o muerte.
Y sí, aun con el fantasma de Lázaro Cárdenas, Pemex se dirige hacia una mayor dependencia del rescate extranjero y, penosamente, al día en que Pemex sea solo un logo de estación de gasolina (no refinada en México) y propiedad del Departamento del Tesoro de los EUA… o ¿quién pensaba que sería el ganador si Pemex quiebra?














