Miguel Ángel López Farías

Seguiré bordando sobre el tema de la educación pública, un asunto que hoy se convierte en viral por los nombres de Delfina Gómez y Leticia Martínez, dos expresiones de lo que está administración gusta por aplicar, inexperiencia por encima de academia.

Resulta grave el que el sistema educativo sea tratado de esta manera y no solo porque, tanto Delfina como Leticia sean el rostro del fracaso en esta materia, sino porque se asienta el agravio de tratar a la niñez mexicana con desprecio, en un abandono de facto que les arranca la ventaja en los campos de las competencias, aún no lo saben, pero estos pequeños son los nuevos esclavos de la mediocridad.

Los verdaderos estadistas piensan en las siguientes generaciones, proyectando rutas de bienestar y prosperidad colectivas, y los rieles para que esa maquinaria avance corren en el mundo de las aulas, como laboratorios para la vida real. 

¿Qué se enseña en las aulas en estos tiempos? Una especie de caudillismo educativo, lecciones de la historia manipuladas, renglones ausentes de reflexión y gimnasia mental que convertirían a esos niños y niñas en ciudadanos con conciencia, se educa bajo la regla de que nadie reprueba, borrando el espíritu del esfuerzo y la competencia de la superación académica.

Este periodo de gobierno ha acercado más a los niños a el sistema venezolano que a cualquier país de primer mundo en donde la educación es un asunto de seguridad nacional.

Delfina o Leticia, no son más que encargadas de una ventanilla cerrada a la razón, y en el mismo despacho cohabitan sindicatos que aprendieron a “fichar” con el mandatario del momento… mientras que cientos de miles de maestros y maestras ganan menos que cualquier vendedor ambulante, profesores pobres, de salarios pobres y muchos de ellos en regiones muy, pero muy pobres.

¿Por qué cuesta tanto trabajo entender que un docente bien remunerado, sujeto a incentivos, con mejor calidad de vida y el apoyo del estado para que recupere la autoridad que tanto gozaron por décadas, pueden llegar a ser el verdadero motor de cambio, transmisores de valores y de una enseñanza de calidad hacia los alumnos?

Pagarles bien no es un regalo, capacitarlos más, no es una pérdida de tiempo, provocar una revolución educativa es como nunca, una imperiosa necesidad para que todos los retos sean enfrentados con mejores seres humanos, ciudadanos más elevados, mexicanos no de media tabla o indolentes, sino con otra raza.

Y la sociedad, en lo general, es responsable de este desastre, muchos padres y madres de familia se han convertido en cómplices, como meros observadores en cubierta, mientras el iceberg golpea el caso del Titanic mexicano, padres y madres que, desde la complacencia, aceptan un conformista destino para sus hijos, repitiendo el mismo argumento vicioso de una vida condenada a la miseria.

La educación lo es todo, la instrucción en las aulas, de la mano de profesionales de la docencia bien capacitados y pagados, son las directrices que este país necesita.

Delfina y Leticia son un amargo chiste, pero que esconde lo que esta “transformación” le ha hecho a lo más valioso de cualquier nación: condenarnos a un primitivismo social que terminará por hundirnos a todos.