Gustavo Cortés Campa

KAIFENG. – A media hora por carretera desde esta ciudad hacia Zhuxuan, un poblado campesino, nos topamos, literalmente, con una de las consecuencias de las profundas transformaciones que ha tenido China: el autobús se quedó varios minutos atorado en una de las estrechas calles y nuestra intérprete, Sun Xueying (Teresa) nos explica: “Sucede que los campesinos ahora son ricos y tienen en promedio tres automóviles por familia, pero todavía no entienden que no deben obstruir el tránsito”.

Las estadísticas económicas oficiales de China siempre han despertado, a la vez, tanto estupefacción como cierta desconfianza de los organismos internacionales. Pero el Banco Mundial, hace poco, no tuvo empacho en reconocer que de 1978 a 2014, el ingreso per cápita de China aumentó 16 veces, con base en la paridad del poder adquisitivo internacional a 1.9 dólares por día, la incidencia de pobreza extrema cayó drásticamente del 88.3 por ciento en 1981 al 1.9 por ciento en 2013. Es decir: 850 millones de chinos han salido de la pobreza.

Lin Yongfu, director de la Oficina del Grupo Dirigente de Alivio a la Pobreza y el Desarrollo, del Consejo de Estado, afirmó que el número de campesinos en pobreza bajó de 98.99 millones en 2012 a 16.6 millones al cierre de 2018.

Todo esto se ha logrado, añade, con la flexibilización de la inversión extranjera (porque) antes se necesitaba de un socio chino para invertir, pero se eliminó el requisito y ahora se pueden desenvolver con más flexibilidad en el mercado.

Con optimismo –evidentemente sustentado en los hechos y cifras descritos- Yongfu afirma: “El gobierno chino avanza en su tarea de eliminar en su totalidad la pobreza extrema para 2020”.

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