Por Rubén D. Arvizu
Una encuesta reciente de NBC News revela algo que, lejos de sorprender, debería hacernos reflexionar profundamente: casi la mitad de los jóvenes estadounidenses entre 18 y 29 años preferiría vivir en el pasado antes que en el presente. Y el 80% considera que el país va por el camino equivocado — el porcentaje más alto de cualquier grupo de edad.
No se trata de nostalgia romántica ni de ingenuidad juvenil. Es una señal de alarma.
Estos jóvenes — la llamada Generación Z — crecieron con un teléfono inteligente en la mano, con redes sociales moldeando su identidad desde la adolescencia, con algoritmos decidiendo qué información reciben y cuál no. Y paradójicamente, son ellos quienes con mayor claridad ven el daño que todo eso ha causado. Añoran los años ochenta y noventa — no por los cassettes ni por la moda en vestir, sino por algo más profundo: un mundo donde la tecnología servía a las personas, y no al contrario.
«Los teléfonos no eran parte de uno mismo, servían para hacer llamadas, no para vivir todo el tiempo con ellos.” dice un joven de 20 años en Colorado. «El smartphone aleja a las personas de la capacidad de simplemente mirarse, conversar, existir fuera del iPhone.» Una joven, de 28 años en Missouri, lo dice sin rodeos: «Hay demasiado internet, y una enorme cantidad de basura que va con él que cada vez nos perjudica más y más.”
El investigador Clay Routledge lo explica con precisión: cuando sólo hay disrupciones — divisiones políticas, miedo a la IA, cambios sociales acelerados — las personas buscan refugio en el pasado. No para huir, sino para recordar que hubo un tiempo en que las cosas podían ser distintas, más simples, más humanas.
Lo que esta encuesta revela es lucidez. Una generación que creció inmersa en la tecnología y que ahora, con plena consciencia, dice: esto no puede seguir así. Son los mismos jóvenes que impulsan el regreso a las charlas en vivo, personales y las cámaras fotográficas de film — no porque rechacen el progreso, sino porque reclaman el control sobre sus propias vidas.
El 62% ve con temor que su vida sea peor que la de generaciones anteriores. Ese número debería pesar como una piedra sobre la conciencia de quienes gobiernan — y sobre la de quienes, con sus decisiones políticas, económicas, y tecnológicas, han construido el mundo que estos jóvenes heredaron.
Una sociedad que no puede ofrecerle esperanza a su juventud no está en declive, ya está en crisis.
Rubén D. Arvizu — Escritor y ambientalista
















