René Cervera*

No hace mucho que los dueños de un restaurante se adjudicaban el derecho de admisión. Hasta que afortunadamente se tomaron con mayor seriedad los derechos humanos y las autoridades públicas los obligaron a permitir la entrada sin condicionar fenotipos, religión, gustos sexuales, desde luego afiliación política y condición económica.

El cambio no es un asunto menor; negar el paso porque tu físico refleja una etnia o condición social es bastante humillante.

Los avances en derechos humanos han sido más en términos sociales que económicos. Las generaciones pasadas, hombres o mujeres, no podían pasar a ciertos sitios si eran morenos, homosexuales, o estaban mal vestidos.

Eran tiempos en que se ponía un sujeto rudo en la puerta y te prohibía el paso, pero ya pasaron. Ahora la cartera es la encargada de gritarte que no puedes entrar.

Antes de que se impusiera el modelo neoliberal, tomar una cerveza costaba más o menos una hora de salario mínimo. Actualmente hay que dedicarle cuatro horas para tomar una cerveza industrial y más de ocho horas por una cerveza artesanal.

La premisa a trabajos iguales sueldos iguales es justa sobre todo en términos de género, pero mientras las mujeres se incorporan en condiciones de igualdad al mundo laboral, la situación de las y los trabajadores se ha ido deteriorando.

Los derechos humanos, al menos en su primera generación, se alimentaron de prejuicios anti comunistas y pusieron al Estado como el antagonista histórico.

En consecuencia, acciones que supuestamente protegen al ciudadano de las autoridades y anteponen el derecho privado al derecho colectivo se impusieron.

Un modelo económicamente privatizador necesita de un discurso hegemónico que lo justifique y ofrecer a modo de intercambio políticas de género parciales a favor de la mujer, políticas antirracistas, respeto a la diversidad sexual. A cambio de que el Estado no intervenga en la economía, o lo haga lo menos posible, sólo para salvar grandes capitales, el apoyo con fondos públicos para rescatar la banca es un ejemplo de esto.

En el marco de un Estado débil la avaricia impone sus condiciones y se acrecienta la delincuencia. Un Estado reducido a su mínima capacidad es rebasado por grupos organizados que actúan parcialmente con intereses que no son generales.

Ahora, lo más posible es ver a delincuentes mejor armados que quienes se encargan del orden y además la policía tiene que cuidar los derechos humanos de quienes delinquen y a los delincuentes los tiene sin cuidado los derechos humanos de las autoridades encargadas de apresarlos.

Lo que le da identidad a un Estado de bienestar social, es que, en su proyecto político, los derechos son universales e integrales, no es un asunto de equidad de género, sino de equidad de todo género.

El acceso a los bienes materiales es tan importante como lo son los bienes espirituales.

La libertad que pregona el liberalismo, es prácticamente la de hacer negocio, sin que una entidad pública interfiera. Se menciona a las empresas privadas socialmente responsables y se contrapone a una sociedad civil enemiga del Estado.

Es aquí cuando se hace necesario llegar a las definiciones: Estado es territorio, sociedad y gobierno, según la Constitución Mexicana, luego entonces, la sociedad es parte del Estado.

Lo necesario aquí es separar funciones y comprender que el Estado busca rentabilidad social y la empresa privada, en su naturaleza está que busque rentabilidad económica, aunque las empresas privadas al generar empleos e impuestos impulsan rentabilidad social y el Estado al generar condiciones justas provoca certidumbre que produce rentabilidad económica.

Lo importante es que al entrar a un restaurante lo mismo que en el país, nos sintamos rodeados de gente que ni le incomodemos ni nos incomode, en un ambiente de armonía en donde a nadie se le discriminó por motivo alguno, sin que se nos embargue por sobrepasarnos con la tarjeta, ni se nos quede sentimiento de culpa por haber comido satisfactoriamente. En la inteligencia de que nadie es libre sin un piso de salud, educación, certidumbre económica y seguridad jurídica y eso lo proporciona el Estado.

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*René Cervera Galán es autor de los libros Entre el puño y la Rosa, INMEMORIAM a Olof Palme, La democracia es una fiesta a la que estamos invitados todos, y El sentimiento que nos  une. Es coautor de Los límites de la democracia (UNAM, INE Diplomado en Diagnósticos comunicacionales en Coronado Costa Rica).

Ha trabajado como asesor en la Asamblea Legislativa del D.F,  (1995-2003,) en la Cámara de  Diputados (2003- 2005) y en el Instituto Electoral de la Ciudad de México como representante del Partido Humanista 2014 2018.

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