Francisco Rodríguez
Decía Nicolás Malebranche que la imaginación es la loca de la casa. Aun así, imaginemos la siguiente escena, este lunes 7 de junio, a las 6 de la mañana, en Palacio Nacional. El “caudillo” echa humo por la nariz. Más que enojado, está rabioso. Arrinconado en una esquina, asustado y con los ojos más abiertos que de costumbre, Mario Delgado recibe el reclamo y la andanada de epítetos nada agradables.
Se equivocaron las encuestas. Morena no ganó ni la mayoría simple en la Cámara de Diputados. El enojo, el encabronamiento popular se impuso. La falta de empleos. La carestía. Las promesas no cumplidas. El accidente del Metro. Los miles de muertos por la pandemia. Los nulos apoyos a pequeños y medianos empresarios creadores de fuentes de trabajo… Los insultos a estos, a aquellos y a los otros. Y las mentiras. Sobre todo, las mentiras.
Me dice un amigo que, en caso de que ayer hubiese perdido su partido, de tan enojado, de tan furioso, AMLO “incendiaría Pemex, como incendió los pozos petroleros en Tabasco”.
Pero no. No es un moderno Nerón. Porque, la verdad, nunca quemó pozos petroleros, como le inventaron. Sólo encabezó bloqueos a las instalaciones de la que entonces era paraestatal –en 1996– como parte de las protestas para exigir indemnizaciones a más de 40 mil campesinos y pescadores que se sentían afectados por las actividades de Pemex en Tabasco.
Y enojado, esta mañana, sale furioso al Salón Tesorería de Palacio Nacional a decir sandeces en la “mañanera” de rigor. No alcanzó ni la mayoría simple en la Cámara Baja. Perdieron sus “gallos” en las lizas por las gubernaturas. Se le nota la frustración, mientras arrastra sus derrotas.
Su furia traerá consecuencias más graves que aquellas que podrían haberse dado si Morena hubiese ganado la mayoría de los votos –de los más pobres, de los menos educados e informados, de los de mayor edad– en los comicios federales de ayer…
Dice ser como Gandhi, como Mandela. La realidad lo desmiente
La realidad es peor que lo imaginado. Porque no sabe qué hacer con el Estado. No sabe qué pasa, y eso es lo que le pasa. No están bien aprendidas las primeras lecciones de la historia, ni siquiera las primeras letras del funcionamiento del poder, la esencia del mando. Así no podemos decir que va hacia algún lado, y el mundo nos observa perplejo, desconcertado.
Los personajes chuscos sólo florecen ahí donde hay ineptitud, ignorancia y desolación ideológica y existencial. Él dice que es guiado por el principio de la no violencia, como Gandhi, como Mandela, como las mujeres que han luchado por la justicia de manera pacífica. Que no cree en la fuerza bruta, que es pacifista. La realidad lo desmiente a cada paso que da.
«No somos iguales, dice, nosotros venimos de una lucha de muchos años en favor siempre de la justicia y en contra de la represión, están buscando por todos los medios que caigamos en una provocación…somos humanistas», alega en sus peroratas matutinas, única vocería del gobierno tipo Tepetitán.
Y, ya encarrerado, desde el Instituto para Distraer al Pueblo de lo No Logrado, o sea desde la infame “mañanera”, un enfebrecido de poder que busca a como dé lugar la reelección anticipada, suelta la mamarrachada del sexenio: «la primera manifestación en mi contra de cien mil personas, más la pérdida de apoyo en las encuestas, me voy a Palenque, ni siquiera espero la revocación del mandato. Tengo principios e ideales».
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