Enrique Escobedo

Gobernar requiere ciencia, técnica y arte. Gobernar es conducir a la sociedad en paz, con crecimiento y con acuerdos esenciales logrados por consenso por la parte social y por la gubernamental hacia el bienestar colectivo, lo cual implica conciliar políticamente los intereses de las diferentes clases y estamentos sociales. Gobernar es atender demandas y necesidades a los que la sociedad tiene Derecho. Dicha atención debe ser, por parte del gobierno, con eficiencia, eficacia, congruencia, honestidad y los resultados deben ser con la calidad suficiente, en la cantidad demandada y con oportunidad. Gobernar es obtener el mejor de los resultados en situaciones no elegidas, sin poner en la encrucijada a los Derechos Humanos.

Desde la antigua Atenas, Platón creó una Academia hace casi 24 siglos con varios propósitos, uno de ellos fue debatir acerca de cuál es la mejor forma de gobierno. Desde entonces esa pregunta está presente en muchas instituciones y por eso nuestra Constitución Política establece en el artículo 123, apartado B, Fracción VII que es Estado creará escuelas de Administración Pública, es servidores públicos capacitados en el arte del gobierno.  

Empero, desde las épocas de Platón siguen gobernando personas que ni estudiaron, ni se prepararon para gobernar. Tal es el caso de la bióloga Claudia Sheinbaum, quien seguramente tiene altos méritos académicos en su especialidad y que está sinceramente preocupada por la cuestión social y las desigualdades del país y de nuestra ciudad. Aún más, creo en que es honesta en sus intenciones dados sus antecedentes de luchadora social situada en el espectro político de la izquierda, pero que desconoce acerca de las leyes federales y locales, su complemento y su yuxtaposición, tampoco ha demostrado saber acerca de los  métodos y técnicas de la Teoría de la Organización Pública en el ámbito de lo formal, de la formulación de presupuestos y las prioridades a fin de conciliar lo urgente con lo necesario. En fin, tampoco nos ha hecho saber de cómo evaluar el desempeño gubernamental y la gestión pública. En otras palabras, no está o no ha demostrado estar capacitada para gobernar.

No cuestiono su legalidad y su apabullante triunfo electoral, pero si su legitimidad en materia de resultados, pues a poco más de un año de gobierno la inseguridad pública sigue siendo alarmante, el transporte colectivo es lento y deficiente, la basura adorna cada día más las orillas de las banquetas, los baches se ensanchan y los trámites ante esa instancia de gobierno siguen siendo engorrosos, por citar algunos ejemplos.

Lo mismo le sucedió a Vicente Fox y a Enrique Peña Nieto quienes llegaron con el respaldo popular y con el transcurso de su gestión fueron gastando el optimismo de sus votantes. La pérdida de legitimidad es algo común y le sucede a los gobernantes que desdeñan la capacitación y formación en ciencia política y  Administración Pública, que no utilizan los métodos y técnicas de la gestión pública y que olvidan que el arte de gobernar es logrando la unidad de los gobernados en torno a objetivos claros, precisos, alcanzables, deseables y posibles. Para gobernar esta ciudad hay que prepararse en el arte, la ciencia y la técnica del gobierno, sobre todo porque el infierno está plagado de almas que tuvieron buenas intenciones, pero sin capacidades ni habilidades.

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