• Durante 16 años, fue la mano derecha del afamado periodista / En entrevista, relata las enseñanzas que le heredó, luego de trabajar con él en exhaustas jornadas de trabajo

Juan Carlos Aguilar

Antes que amigos, un periodista tiene contactos, colegas o confidentes que les permiten acceder a información oculta. No se trabaja solo. Imposible. Se requieren informantes que revelen el nombre del funcionario que no aparece en ningún expediente, o que ofrezcan alguna conexión que permita colocar la última pieza del rompecabezas.

Y entonces sí, con la información que el periodista ha recopilado y ordenado pacientemente durante años, podrá atar todos los cabos sueltos. Las revelaciones pueden causar un profundo impacto y, también, generar muchos enemigos, lo que al final termina siendo un elogio.

Justo esta era la manera como se construía la célebre columna “Red Privada” de Manuel Buendía, que se publicaba en alrededor de 60 periódicos de todo el país. En ella el periodista -quien fuera asesinado el 30 de mayo de 1984- desmenuzaba temas candentes de la política nacional, como los nexos que funcionarios de primerísimo nivel establecieron con el narcotráfico, la intromisión de la CIA en las acciones del gobierno mexicano o las redes de corrupción que la Iglesia Católica tejía en nuestro país.

Buendía tenía muchos informantes, y entre ellos el más importante era José Antonio Zorrilla Pérez, quien durante el tiempo que le colaboró era director de la Dirección Federal de Seguridad (DFS). La relación era recíproca: mientras éste filtraba información, aquel publicaba en su influyente columna los logros y las buenas decisiones del titular de la DFS.

Era tanta la cercanía, que la relación traspasó el ámbito laboral. Un día comían juntos y otro acudían a algún campo de tiro a practicar su puntería. No en pocas ocasiones Buendía le hizo saber a Zorrilla el afecto que le tenía y lo feliz que se sentía por contar con su “amistad”. Cinco años después del asesinato del periodista, se sabría que Zorrilla fue el autor intelectual de tan certero crimen. Buendía se olvidó que un informante no es amigo.

José Antonio Zorrilla Pérez fue informante de Buendía.

Si bien Zorrilla fue uno de los principales confidentes de Buendía, existe otro hombre a quien en buena medida se debe el éxito de “Red Privada”.

Este hombre colaboró de manera cercana con Buendía durante 16 años, con jornadas de hasta 16 horas, incluyendo sábados, domingos y días festivos. Diariamente leía hasta 30 periódicos y decenas de revistas, seleccionaba la información, la clasificaba, la ordenaba en el archivo -que al final llegó a contar con tres mil expedientes, acomodados en 10 archiveros- y tenía todo dispuesto para cuando el periodista solicitara un dato.

Con el tiempo, este ayudante también llegó a proponer temas para futuras colaboraciones y realizaba sus propias investigaciones, que luego ponía al servicio de Buendía. Una vez escrita la columna, este hombre debía verificar que los datos y las cifras fueran correctos, e incluso revisar cuestiones de ortografía y sintaxis. Hecho esto, él mismo la llevaba a la redacción del periódico para su publicación.

Su nombre es Luis Soto, y más que un asistente fue la mano derecha del afamado periodista. Colaboró con Buendía desde que tenía 17 años (antes había sido su alumno) y hasta los 33. Él mismo fue quien aquel fatídico 30 de mayo de 1984 le habló por teléfono a Zorrilla para avisarle del asesinato de su jefe.

¿Cómo trabajaba Buendía? ¿Qué le era inadmisible? ¿Qué lecciones le dejó? De todo esto nos platica en entrevista Luis Soto.

UN APRENDIZ Y SU MAESTRO

Luis Soto es periodista desde hace 30 años y, al igual que su maestro, ha cimentado su carrera profesional en la columna periodística. Paradojas de la vida, el mismo día que asesinaron a Buendía (30 de mayo de 1984), Rogelio Cárdenas, dueño y director de El Financiero, le ofreció incorporarse al periódico para cubrir asuntos financieros.

El columnista Luis Soto.

Pocos meses después, inauguraba su primera columna bursátil. Después vendría una de negocios y finalmente otra de política. Además, durante poco más de diez años Soto fue comentarista en “El Noticiario con Joaquín López-Dóriga” y en el programa “Economía de Mercados”, en Foro Tv. También colaboró para el periódico 24 horas.

Son ya tres décadas de poner en práctica las que, considera, fueron las dos grandes enseñanzas de Buendía: crear un archivo periodístico y hacer conexiones, es decir, hilar acontecimientos y protagonistas que a simple vista no tienen relación. Esa fue la clave del éxito de Buendía y lo es ahora de Soto.

Ahora, ahí en su oficina, repleta de libros de literatura, historia, política, economía y periodismo, y con un escritorio lleno de recortes de notas periodísticas, la pregunta que se le hace es inevitable: ¿Cómo fue trabajar con Manuel Buendía?

“Para mucha gente hubiera sido un privilegio, como lo fue para mí, sobre todo en una etapa en la que aún estudiaba periodismo, porque aprendí lo que nunca iba a aprender en la escuela. La cuestión es que era realmente demandante trabajar con él. En jornadas de hasta 16 horas, lo mismo había que alimentar y ordenar el archivo que atender asuntos administrativos de la oficina.

“Desde luego, lo más importante era crear un archivo que Buendía utilizaba como un instrumento de consulta diaria. Tenía que leer hasta 30 periódicos al día, recortar las notas, clasificarlas y guardarlas. Cuando las pedía Buendía, había que dárselas inmediatamente.

“No podía decir: ‘no la tengo’, ‘no está’, ‘fíjese que se me pasó’. Era: ‘La consigues porque la consigues, y a ver a qué palo te trepas’. El archivo tenía que funcionar como un reloj, porque cuando se ponía a escribir, quería la información en ese instante. No la quería para mañana ni para pasado, la quería para el momento y había que dársela. Fue muy aleccionador.

“A lo largo de los años, adquirí su disciplina y aprendí sus esquemas de trabajo. Eso es valiosísimo. Hay otras personas que lo conocieron, que trabajaron con él, pero que no tuvieron esa oportunidad de ver cómo se elabora diariamente una columna, cómo se va tejiendo, cómo se va investigando, cómo se va contactando a los personajes, porque todo eso influye.

“No nada más es de sentarse a escribir una columna sobre un tema en el que nos creemos muy duchos. Su columna era una recopilación de acontecimientos, de entrevistas, de contactos, de información que le llegaba de todos lados, ya sea de los funcionarios o de los mismos recortes de periódico”.

– ¿Cuál era su forma de trabajo?

-Regularmente tenía un horario de diez de la mañana a tres de la tarde. A veces a esa hora ya la dejaba lista. Sin embargo, otras veces regresaba a las cinco o seis de la tarde y la terminaba. Antes de llevarla al periódico, debía revisarla, porque si había un error, al otro día me decía:

“Oye, no es posible que se nos haya ido esta parte. ¿Qué no la leíste?” Yo le respondía: “Sí la leí, pero yo tampoco me di cuenta de esos errores”. Él lo hizo parte de mi responsabilidad. Entonces yo sabía que tenía que revisar la columna, que tenía que revisar las cifras, la redacción, y tenía que decírselo: “Don Manuel, yo creo que aquí está mal, por esto y el otro”.

“Evidentemente, si le iba a decir que estaba mal tenía que darle una explicación. ‘¿Por qué dices que está mal?’, me preguntaba. ‘¿Pues porque no se le entiende, porque repitió en un párrafo cinco veces una palabra’. Si no lo hacía uno así, al otro día era el regaño. ‘¿Tienes oído de artillero o qué onda?’, me decía.

“Posteriormente, ya no era simplemente arrimarle los periódicos o los recortes; era tanta la identificación que había, que yo le proponía temas nuevos. Fui investigando y todo se convirtió en una colaboración más cercana. Al final, Buendía ya no revisaba los periódicos, porque confiaba plenamente en mí. Sabía que cualquier nota estaría en el archivo”.

-¿Cómo era su trato con él? Se dice que no era una persona fácil…

-Buendía tenía un genio terrible. Era una persona muy irascible, pero cuando comencé a trabajar con él de manera cotidiana, fui conociendo qué le gustaba, qué le molestaba, qué le desagradaba, Y cuál iba a ser la reacción ante tal cosa.

Con todo ese conocimiento, la relación se daba sin tantos enfrentamientos. Uno hacía su trabajo. A él lo que le importaba era que en el archivo estuviera todo lo que él quería. Si no había algo, podía enojarse mucho, debido a la misma intensidad con la que trabajaba su columna. Con algunos funcionarios también era muy duro. No permitía reclamos ni que le cuestionaran cosas que él había escrito y que estaba seguro que eran ciertas.

-¿Alguna regla de oro de lo que debiera o no hacer un periodista?

-“Su regla era una muy clara: Nunca decir “no se puede hacer”,  “no puedo”, “no sé”, “no sé cómo hacerlo”, “no sé dónde está”, “no sé cómo conseguirlo” o “está difícil”. Se podría uno tardar un buen rato en encontrar algunas cosas, pero siempre debía conseguirse el material.

“Otra regla era tener una excelente redacción, con ninguna falta de ortografía. Cuando revisaba los trabajos de sus alumnos les decía: ‘Al tercer error, tienen cero. Para qué lo reviso, si no tiene lo esencial: excelente ortografía y buena redacción’.  Y, desde luego, afirmaba, la base elemental de un periodista es tener un archivo periodístico y trabajar con esquemas de información.

EN LA ESCENA DEL CRIMEN

El día que Manuel Buendía fue asesinado, aquel fatídico 30 de mayo de 1984, Soto no se encontraba en la oficina. La noticia le fue comunicada por Juan Manuel Bautista, ayudante del periodista. Una vez enterado, en la primera persona que pensó Soto para darle la noticia fue en Zorrilla Pérez: además de ser el director de la DFS, era muy amigo de Buendía.

“Se mostró sorprendido de esa situación.  Me preguntó dónde había ocurrido, le dije que en su oficina. Él ya sabía dónde estaba, ya lo había ido a visitar en alguna ocasión. Si mal no recuerdo, me dijo: ‘Voy para allá’ y colgó. Apenas lo hizo, yo salí disparado.

Cuando llegué, todavía vi el cadáver tendido en el estacionamiento que estaba a unos metros de su oficina. Sólo pregunté por confirmar si estaba muerto y, bueno, después todo se convirtió en un caos…

–Se dice que agentes de la DFS robaron algunos documentos el día del crimen…

-“Sí, hay muchas versiones sobre eso y todas tienen algo de verdad. Era una oficina donde había libros, archivos, había de todo. Y mucha gente estaba dentro de su despacho el día del crimen.

“Por otro lado, sí había muchas cosas, pero no había tampoco una clasificación de expedientes que pudieran haber estado en su escritorio. Nada de eso. Lo que se ha publicado vino después, ya dentro de las investigaciones que hizo la policía, tanto la Dirección Federal de Seguridad, como la Policía Judicial del Distrito Federal.

“Yo tenía el control de todos los expedientes y, bueno, pues era obvio que ante unas líneas de investigación que las autoridades estaban siguiendo, se metieron a hurgar en los archivos, muchos de  los cuales eran irrelevantes, por cierto. Irrelevantes porque no guardaban secreto alguno, no eran archivos súper confidenciales que pudieran dar elementos para descubrir otras cosas”.

-¿Notó algún cambio en Buendía días antes del crimen?

-“No, yo nunca vi a un Manuel Buendía ni estresado ni preocupado ni angustiado. A lo mejor sí lo llegó a estar, no digo que no, pero eso nunca lo manifestaba. Él era muy reservado en los temas que investigaba, en las situaciones por las que podría estar atravesando, cualesquiera que fueran éstas. Él nunca hacía comentarios de lo que le ocurría. Nunca hizo un comentario y nunca relajó la disciplina”.

Soto tampoco ha bajado la guardia en todos estos años. Desde hace 30 trabaja todos los días para construir artículos certeros e informados. Ese ha sido su afán. Tuvo la escuela de Manuel Buendía, la mejor que pudo haber tenido. 

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