La Redacción

Enero no solo inaugura el año, también la angustia por la famosa “cuesta” y no es una exageración popular ni una excusa colectiva; es una realidad que se repite con puntualidad fiscal y que exhibe, una vez más, la fragilidad del ingreso de millones de familias frente a un Estado que cobra sin titubeos y una economía que no alcanza.

Los datos oficiales presumen estabilidad. La inflación anual ronda el 3.6 %, dentro del objetivo del Banco de México. En el papel, todo parece bajo control. En la mesa del hogar, la historia es distinta. Porque mientras la inflación “se modera”, los gastos obligatorios se concentran, se acumulan y asfixian desde el primer día del año.

Enero llega con incrementos automáticos que no siempre se llaman impuestos, pero funcionan como tales. El IEPS se actualiza, lo que termina reflejándose en el precio de la gasolina, refrescos y otros productos de consumo cotidiano. La gasolina, de hecho, ha sido uno de los principales factores de presión inflacionaria en las primeras semanas del año. Y cuando sube la gasolina, sube todo: transporte, alimentos, servicios y distribución.

A esto se suman los cobros municipales: predial, agua, drenaje, refrendos, derechos y licencias. Aunque algunos gobiernos locales ofrecen descuentos por pronto pago, el problema no es el incentivo, sino el monto. Para muchas familias, pagar en enero significa destinar miles de pesos de golpe, cuando los ingresos siguen siendo los mismos y, en muchos casos, precarios.

La canasta básica, que ya supera los 11 mil pesos mensuales, no espera. Tampoco la renta, la escuela, el transporte ni los medicamentos. Y si a eso se agregan las deudas adquiridas en diciembre —tarjetas de crédito, préstamos personales, meses sin intereses que empiezan a cobrarse—, el panorama se vuelve francamente insostenible.

Especialistas advierten que la cuesta de enero ya no dura un mes. En muchos hogares se extiende hasta abril o mayo, convirtiendo el primer semestre del año en una carrera permanente para alcanzar gastos básicos. El endeudamiento deja de ser excepcional y se convierte en un mecanismo de supervivencia.

Aquí está el verdadero problema: los salarios no crecen al mismo ritmo que las obligaciones. Aunque el aumento al salario mínimo se presenta como un logro, una gran parte de la población ocupada no vive de ese ingreso o lo complementa con trabajos informales. Para ellos, cualquier ajuste —por mínimo que sea— rompe el equilibrio financiero.

Desde el discurso oficial se insiste en la planeación, el ahorro y la educación financiera. Pero es un discurso cómodo cuando se ignora que millones viven al día, sin margen para prever ni para guardar. No se puede ahorrar lo que no sobra.

La cuesta de enero no es un fenómeno estacional: es el reflejo de una economía desigual, de ingresos insuficientes y de una política fiscal que cobra puntual, pero no siempre devuelve en servicios de calidad. Cada enero confirma lo mismo: el dinero no alcanza, las deudas crecen y la promesa de bienestar sigue pospuesta.

Para muchos mexicanos, el año no empieza en enero. Empieza cuando logran salir de la cuesta. Y cada vez tarda más.