Sergio Iván 

Nos encontramos en un coche, con tres policías y un médico, es de noche; vamos recorriendo las carreteras de un pueblo olvidado en Turquía. Todo parece indicar que el misterio pronto será revelado, lo de siempre, un culpable. Sin embargo, la historia va avanzando; el espectadores comprendemos que el cuerpo es solo el motivo para narrar una historia. La película se desarrollan de forma calculada, con un ritmo casi lento, el final es contundente. La historia universal de nuestros tiempos: un perseguido y un perseguidor en palabras de Borges.

En toda obra de creación, como lo son las películas existen elementos artificiosos, la trama y extrapolación de los personajes es un claro ejemplo. Pero entonces el deber de todo trabajador del filme, desde el guionista, director y demás miembros del establo; es ocultar esos elementos artificiales al espectador. En “Érase una vez en Anatolia” son ocultados de una forma muy inteligente.

La complejidad de los personajes y sus acciones son inverosímiles por momentos para ser una ficción, los militares cuentan los kilómetros desde la base; en un momento luego de que no dan con el objetivo, el Fiscal decide que es momento de ir a cenar al pueblo más cercano, el médico que es lo más cercano a un héroe, se encuentra en un estado existencial causado por la historia que le contó el Fiscal. Se crea la atmósfera de ser un viaje realizado por algunos amigos, y no lo que es.

Los personajes mantienen el objetivo de encontrar el cadáver de la víctima, pero en ese viaje por las afueras, se darán cuenta de otras cosas. Naci, quien es un hombre despegado de su familia, se conmueve tanto antes las formas en que encuentran el cadáver que no duda en sentir rabia, él un padre ausente parece ser el más preocupado por la vida del hijo de quien acaban de encontrar el cadáver. Cemal, parece estar cansado, tiene hambre. El fiscal Nusret, parece que tiene una pena muy profunda, misma que será insinuada únicamente con el doctor en algunos fragmentos de las charlas que tienen durante el recorrido. Los únicos que no se conmueven en el viaje son los militares, lo cual es una clara crítica a ellos, son la representación de las bestias, simplemente no cambian.

Lo extraordinario de Érase una vez en Anatolia, es que en ningún momento se pierde el sentido estético. Toda película tiene sus propios elementos poéticos y los tiene muy marcados y de forma contundente. Iniciaré con el más obvio de todos. La hija de Muhtar, es la personificación de la belleza, no solo en cuestiones físicas, sino en su estado más puro, una escena magnifica de la película es cuando ella carga unas velas y les ofrece té en una charola a los demás personajes; todos se deslumbran con su encanto y sobre todo la pureza; incluso el sospechoso sonríe. Ella es pura y por eso ninguno de los hombre se atreve a tocarla. Es la historia de la humanidad.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here