René Cervera G.
A casi 100 años de que se fundó el Partido Nacional Revolucionario, abuelo del actual Partido Revolucionario Institucional, de 10 partidos políticos federales registrados en México, 9 tienen entre sus fundadores exmilitantes del partido que gobernó durante 72 años, con sus luces y oscuridades, como alguna vez mencionó don Porfirio Muñoz Ledo.
No voy a enjuiciar al partido porque los electores ya lo hicieron en las últimas elecciones federales, pero sí dar un repaso de su presencia en el México actual.
Durante más de 50 años o algo así, fue prácticamente partido único con partidos satélites, y la sombra del Partido Acción Nacional, al que a veces utilizó para demostrar su espíritu democrático y otras veces sintió como un dolor de cabeza por ser la única entidad que oficialmente juzgaba su autoritarismo y al que le hacía fraudes electorales, afirmando que eran fraudes patrióticos por tratarse de un partido conservador.
Pero a partir de la era del neoliberalismo tuvieron puntos de encuentro y compartieron el poder político con las ventajas económicas que esto significa.
Si alguna característica ha tenido este partido, es su gran apego a vivir del presupuesto, debido a que los sueldos honorarios, dietas, compensaciones y demás ingresos se convirtieron en capital. Luego sus miembros más destacados pasaban a ser parte de la iniciativa privada.
Pertenezco a una generación que le tocó observar como gradualmente la clase política se fue degradando. Se contaron muchos chistes de expresidentes calificándolos de tontos, pero en realidad no lo eran. Fue con la era neoliberal cuando se dejaron de contar chistes y para hacernos reír se empezaron a contar anécdotas. Y los ciudadanos reíamos para no llorar.
A un expresidente su frase de campaña “Por un México más justo”, como si lo justo diera para más o para menos, se percibía sin entusiasmo y sin discurso. Cuando dejó la presidencia, en una entrevista hicieron referencia a su carácter opaco; respondió que a él no le dijeron que tenía que ser fosforescente y esa fue su mejor respuesta, y así pasamos a discursos copiados del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y de la Casa Blanca, a expresiones para referirse a la delincuencia como sujetos malosos.
Hubo uno que no supo mencionar tres libros que hubieran sido significativos en su vida, y no es de extrañarse porque desde que se proclamó el fin de las ideas con la caída del Muro de Berlín, la intelectualidad se fue perdiendo globalmente.
Con las políticas privatizadoras destinadas a darle más al que más tiene, el discurso revolucionario pero institucional fue cambiando. Y menciono discurso como un binomio de palabras acompañadas con los hechos. El PRI se volvió la rama de donde descendieron primero el Frente Democrático Nacional, el PRD y en general 9 de los 10 partidos con registro federal actualmente.
No todo por venir del PRI es malo, hay acciones que ejercieron en su etapa postrevolucionaria que son motivo de orgullo. Por ejemplo, cuando en Argentina los estancieros le hicieron una huelga a la presidenta Cristina Fernández; fue una satisfacción comprender que en México los hacendados perdieron ese poder gracias a la reforma agraria.
Mientras, en el resto de Latinoamérica, el siglo XX se caracterizó por constantes golpes de Estado. En nuestro país podemos decir que aquí el último que dio un golpe de estado perdió su ejército.
Motivo de satisfacción nacional es la Constitución de 1917, primera constitución social, adelantándose a la de la República de Weimar de los Socialdemocratas alemanes en 1919.
Sin embargo, México no dejó de ser un país de profundas diferencias sociales, por causas que merecen un mayor análisis que los que se pueden hacer en estas páginas. Lo que sí podemos asegurar es que con el neoliberalismo increíblemente se profundizaron más las diferencias.
Ahora podemos decir que de hecho el único partido que no viene de esa institución es el PAN y no es precisamente mejor. Pero lo que le ha dado identidad al partido de la revolución institucionalizada en cualquier etapa, es su carácter autoritario, nunca destacaron por respetar la voluntad ajena. Entonces ¿de dónde podemos esperar un México democrático?
No tiene por qué extrañarnos que el partido en el gobierno haya tenido que recurrir a las autoridades electorales para resolver el grave problema de elegir presidente nacional, o que existan líderes que más bien son controladores apertrechados en un partido, reclamando el eterno derecho a ser los primeros en la lista de candidatos por ser los fundadores.
Si tenemos la curiosidad de analizar a los protagonistas políticos, encontraremos que son los mismos desde hace muchos años. Decía mi padre que son como las moscas: si se espantan de un lado aparecen en el otro, incluyendo las mujeres a pesar de la paridad de género electoral.
Un Estado democrático se conforma de territorio, sociedad y su gobierno, pero aquí la sociedad esta adormilada, en consecuencia, nuestra democracia (por así llamarle) no es el gobierno del pueblo para el pueblo, más bien es el gobierno del poder para el poder.
Los partidos políticos son una parte de los ciudadanos organizados para ser gobierno. Su labor es de educación cívica. Deben actuar en un marco de principios que ofertan a los electores.
En sus plataformas políticas, se supone, está propuesta la forma que en su entendimiento debe relacionarnos a los ciudadanos. ¿Bajo qué valores se hacen leyes que reglamenten nuestra coexistencia con el mayor consenso posible? La democracia da lugar a pluralidad de visiones, pero con un denominador común: el respeto a la voluntad ciudadana.
Un fenómeno que se acrecienta y es objeto del sarcasmo ciudadano es de los peyorativamente llamados “chapulines”, que se refiere a los políticos que saltan de un partido a otro, pero sin concepto doctrinario, sin principios sustentables. En el vacío ideológico, los procesos políticos son un deporte en el que gana quien obtiene más votos, “haiga sido como haiga sido”.
Hay una corriente, sobre todo entre los jóvenes, que quiere eliminar las ideologías. Lo curioso de este pensamiento es que esto ya en sí mismo es una ideología. Lo que hay que eliminar son los dogmas, los tabúes, los apasionamientos, y en un clima de cordura abrirnos al debate, comprender los momentos en los que debemos detenernos y ver qué ratificamos y qué rectificamos de nuestra convivencia.
La democracia es un horizonte que nos invita a buscar la sociedad ideal en la inteligencia de que todo es relativo, nada es absoluto, y a través del diálogo, la duda, la búsqueda de la verdad y la conciencia social, vamos evolucionando.
Hace tiempo vi un documental italiano en el que hacen una fuerte crítica de su vida política, analizan y se burlan de su incapacidad para entenderse en el parlamento y concluyen que su democracia es de las peores del mundo, pero siempre les ha ido mejor con una mala democracia que con una buena dictadura y terminan exhibiendo el panorama de destrucción que dejó la dictadura de Mussolini.
*Analista político, comunicador, ensayista y autor de los libros “El sentimiento que nos une”, “Entre el puño y la Rosa”, “In memoriam Olof Palme”, “La democracia es una fiesta”. También es director del proyecto radiofónico “La Orquesta Filosófica”.















