Cuanto menos justifica una costumbre tradicional,
más difícil es deshacerse de ella
Las aventuras de Tom Sawyer
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Desde hace tiempo, la palabra huachicol se ha vuelto de uso común, sobre todo en los últimos tres sexenios. Se utiliza para hablar del robo y venta de combustible, también en materia fiscal para referirse a la evasión y, en los tiempos estelares de la 4T, seguramente le seguiremos encontrando acomodo para nombrar algo chueco, ilícito o desleal en los mercados.
Hace unos días acudí a una conferencia de prensa para presentar el Día del Vino y, luego de dar números, hablar de las bondades y presentar la agenda de esa industria, que dicho sea de paso, creció a dos dígitos y ahora prácticamente está detenida, llegó la sesión de preguntas y respuestas. Mi colega y compañero de programa, Jesús Valdés, preguntó sobre el huachicol de vino. Así como lo escucha, no solamente es sobre combustible o evasión fiscal, también le pega a industrias como la vitivinícola.
Se trata de una competencia desleal. Y créame que no es una ocurrencia. La interrogante se le lanzó al presidente del Consejo Mexicano Vitivinícola, Salomón Abedrop, quien reconoció que en México existen envasadores que traen vino a granel del extranjero, de Chile, Argentina y otras latitudes, lo procesan o mezclan aquí y después lo colocan en el mercado con distintas etiquetas.
Luego abundó en que hay vino chileno envasado en México, vino español envasado en México y hasta mezclas de vino chileno y mexicano. Eso, por sí mismo, no necesariamente representa una irregularidad. El problema aparece cuando alguien toma vino importado y lo presenta como mexicano, con las ventajas comerciales que eso puede representar frente a quienes sí producen vino nacionalmente.
Aunque no dieron cifras de las pérdidas que provoca esa práctica, ni tampoco quiso dar nombres, Abedrop fue claro al referirse a quienes hacen eso: “El que es tranza, el que está mal es el que le pone vino mexicano”. Más claro, imposible.
El dirigente estima que alrededor del 6 por ciento del vino que se consume en México es importado a granel. Seis por ciento puede parecer poco, pero tampoco es menor cuando se habla de un mercado que enfrenta dificultades para crecer y de productores nacionales que tienen que competir contra productos que pueden llegar del exterior a menores costos.
Y aquí está una parte importante del asunto: el consumidor tiene derecho a saber qué está comprando. Si una botella dice que contiene vino mexicano, lo mínimo es que realmente lo sea. No se trata solamente de una etiqueta o de una estrategia comercial, sino de información que puede influir en la decisión de quien paga por el producto.
La industria mexicana, además, dejó atrás aquellos años de crecimiento de dos dígitos. De acuerdo con Abedrop, en 2025 el consumo apenas creció 1.2 por ciento respecto de 2024, mientras que el vino mexicano se mueve prácticamente en cero, con meses de crecimiento de apenas uno por ciento e incluso algunos con números negativos.
El tipo de cambio también juega. Cuando el peso se fortalece y el dólar baja, importar resulta más atractivo y el vino extranjero entra con mayor facilidad al mercado mexicano. Y mientras unos aprovechan esa circunstancia dentro de las reglas, otros pueden encontrar la tentación de disfrazar el origen del producto.
Porque una cosa es importar, mezclar o envasar conforme a la ley y otra muy distinta es vender gato por liebre. Si se vende vino extranjero como mexicano, el consumidor merece saberlo y los productores nacionales merecen competir en condiciones parejas.
Y en el vino, como en todo, las cuentas claras conservan las amistades.
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Hasta la próxima.












