René Cervera G.

Los Estados naciones han sido formados con el impulso de su historia, a estas alturas ya están cimbrados sus cimientos y aunque en la historia no existe el punto final, en este momento los Estados nacionales están más dispuestos a desarrollarse que a renacer.

Los Estados son entidades formadas por espacios físicos (territorio), conjunto de personas (sociedad) y gobierno (autoridades). Las naciones no por fuerza comparten un territorio, lo que comparten es un origen, una lengua y, en consecuencia, una cultura y la proyección de un futuro común. Hay naciones como la maya, por citar un ejemplo, que se encuentran en diversos Estados (México, Guatemala, Honduras y Belice).

La idea de romper fronteras es un sueño agradable que toca la sensibilidad de la izquierda, sobre todo si permiten salir a la gente de los sótanos del infierno a los mezanines del cielo.

Las razones por las que los pueblos receptores tienen buen nivel de vida obedecen a diferentes razones. Me han dicho que por cuestión de karma y justicia los habitantes de pueblos colonizados se han trasladado a las metrópolis que los colonizaron. Pero a mí no me cabe en la cabeza que la justicia de los pueblos colonizados consista en ir a barrer, trapear, sacudir y cuidar a los adultos mayores de los pueblos que los colonizaron.

La región más próspera del mundo y con mayores índices de desarrollo humano son los países en que se han ejecutado políticas de bienestar social, pero ahora los gobiernos que las practicaron están siendo sustituidos por los programas de partidos políticos cuya bandera más extendida es contra la inmigración.

En Suecia, uno de cada diez habitantes no nació en ese país y ha surgido un partido político denominado “Partido demócrata”, que inevitablemente será parte del gobierno, que retoma parte de las políticas sociales y exige medidas de restricción contra los inmigrantes y no a la discriminación contra los hombres.

Durante la presentación del libro In memorian sobre la vida de Olof  Palme, en 2016, el representante de la embajada sueca se preguntó en voz alta qué haría Olof Palme en esta situación.

En Dinamarca recientemente hubo elecciones y quien más votos obtuvo fue la Socialdemocracia, pero comprometiéndose a darle mayor atención al problema de los inmigrantes.

En Grecia recientemente ganó “Nueva democracia”, un partido que propone recibir sólo a los migrantes cristianos.

En los Estados Unidos de Norte América el arribo de Donald Trump se debe a su discurso antinmigrante, aunque cabe decir que no tiene calidad moral para ello porque el origen de su integración han sido los inmigrantes. 

La migración se ha convertido en una pesadilla para la izquierda. En donde se practican políticas públicas de bienestar social, los presupuestos destinados a esta función se des conceptualizan con la llegada de tantos inmigrantes con culturas diferentes.

Y en la percepción de los ciudadanos tributarios parte de sus aportaciones se van al apoyo de los inmigrantes sin que consulten si tienen voluntad de hacerlo, y la respuesta es el ascenso electoral de grupos ultra conservadores.

Es entendible que por razones humanitarias se abran las fronteras, pero en el marco de la globalidad capitalista, las personas son mercancías. Si la mano de obra se pone cara se importa mano de obra que la abarate, como si fueran verduras, después de todo el capital no tiene patria, razón por la que se explica que el ascenso de los partidos ultra conservadores se esté dando con el voto de los trabajadores. No siempre los sentimientos pro migrantes obedecen a una razón de empatía humanista.

Existe un principio al que alguna vez leí se le conoce como el Principio de Peterson, que estudia la productividad; en él se dice que en donde hay mayor eficiencia se genera mayor carga de trabajo y en consecuencia gradualmente se va perdiendo la efectividad.

Trasladar los problemas de un país a otro no resuelve el problema de donde se parte ni el de que los recibe, si acaso resuelve los requerimientos de quienes al aumentar la demanda de empleo abaratan la oferta de la misma. Y no se trata de no ejercitar la solidaridad internacional, al contrario, lo idóneo es ejercerla en donde se produce la necesidad.

Tampoco se trata de cerrar las fronteras herméticamente, lo conducente es tener muy claras las reglas y las condiciones para favorecer el tránsito de extranjeros, el apoyo a perseguidos políticos o a los exiliados económicos, de manera tal que se pueda controlar el acceso sin poner en riesgo la seguridad nacional, ni los índices de bienestar social.

En el caso de México, tengamos en cuenta que por permitir una migración masiva en Texas terminamos perdiendo la mitad del territorio nacional.

Los estados son el hogar de sus habitantes, es normal que los ciudadanos exijan certidumbre en espacios que identifican como suyos; es válido que reglamenten el tránsito de extranjeros en el afán de encontrar tranquilidad, aplicando la ley del primero en tiempo, primero en derecho.

En el caso de México las condiciones económicas de nuestro país no son superiores a la de los inmigrantes  que transitan huyendo hacia los Estados Unidos de Norte América, escapando de la violencia, siendo que el país en donde piensan hospedarse es el más violento del mundo. Cabe decir que en Vietnam 170 mil soldados eran de origen mexicano: el primero en ser preso por el Viet Cong se apellidaba Álvarez, el último en salir de Vietnam  se apellidaba Valdez, y el sargento involucrado en la matanza de My lai era de origen mexicano.

Los inmigrantes son vulnerables en su tierra, en el tránsito y en tierra ajena. Los derechos humanos deben ser universales y debemos procurar que se apliquen en todo espacio, procurar que en cualquier lugar exista el acceso a la educación, a la salud, a vivir en un ambiente con equidad social, con empleo seguro y bien remunerado, a exigir en relación directa y proporcional a lo que se da, a viajar por gusto y no por necesidad.  Pero no existe el derecho a brincar de un Estado a otro, sin respetar la ley, anteponiendo su cultura, por encima de quien te hospeda.

Como izquierda debemos insistir en un salario mínimo internacional que garantice el poder adquisitivo necesario para amanecer bajo un techo que brinde confort, con la posibilidad de alimentos que nos proporcionen goce, salud y satisfacción, de obtener la ropa que obedezca a nuestra personalidad y responda a protegernos del clima, con la educación que permita entender nuestros contornos y tener la posibilidad de transformarlo, de recibir atención en toda enfermedad para llevar una vida digna, de protegernos en un Estado que nos brinde seguridad jurídica.

No es justo que, por atraer inversiones foráneas, se ofrezcan sueldos miserables, exención de impuestos, especulación, depredar recursos naturales, permitir capitales golondrinos y alentar la migración descontextualizando la vida social de otros países.

Desde luego que existe el sagrado derecho de experimentar otras culturas, de intercambiar información con otras naciones, incluso de escoger para hospedarse  espacios en donde no nacimos, pero tocando la puerta y pidiendo permiso para hacerlo sin forzar voluntad alguna. 

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