Juan Carlos Aguilar

Trece costillas rotas, incontables fracturas, lesiones en distintas partes del cuerpo y un infarto es el saldo, apenas el menos doloroso, que le dejó a Enrique Metinides (1934, Ciudad de México) su carrera de más de 50 años como fotógrafo policíaco.

El otro saldo -el más desagradable y que aún le punza en la cabeza como un piquete de avispa- es que se olvidó de sí mismo y de su familia al ejercer obsesivamente el fotoperiodismo. Una vez que se inició como fotógrafo de prensa, no paró.

“Nunca pude estar con ellos. Todos los días trabajé día y noche, sin descanso”, dice Metinides ahora que han pasado casi dos décadas desde que tomó la última imagen para La Prensa, el periódico donde desarrolló prácticamente toda su labor como fotógrafo.

Antes trabajó en una revista llamada Alarma, dedicada al periodismo policiaco. Se trata de una publicación que duró poco tiempo en el mercado, y no del semanario Alarma!, que fundara y dirigiera el periodista Carlos Samayoa Lizárraga.

“Raramente dormí una noche entera”, insiste Metinides, quien además de acostumbrar irse a la cama vestido (por aquello de ganar tiempo por si ocurría una emergencia), solía rastrear todas las noches los percances de la Ciudad de México con su radio en la frecuencia de la policía. Ahora mismo, que vive en el retiro, pasa sus días escuchándolo.

Tampoco era extraño que luego de un doble turno, y a punto de conciliar el sueño, llegara una ambulancia a su casa -enviada por su propio periódico- para que fuera a cubrir una tragedia al otro lado de la ciudad.

Y ahí estaba de nuevo Metinides, en medio de la acción, sin un atisbo de cansancio, listo para afrontar cualquier situación de peligro. Metinides el incansable, el que siempre estaba en el lugar de los hechos antes que todos.

Un retrato de Metinides tomado por alguno de sus compañeros lo define totalmente: se le ve en pleno salto, congelado en el aire, en medio de dos trenes descarrilados. Como si fuera una figura de acción, Metinides “jugaba” a ser intrépido.

Los mirones de “El niño”.

Con la adrenalina a tope y con el deseo de obtener la mejor imagen, a veces le resultaba difícil medir riesgos: dos veces estuvo a punto de morir –una, quemado, y otra, atrapado en el derrumbe de un edificio- pero se salvó de puro milagro.

Un Metinides resignado que acepta su propio destino, afirma: “Podía seguir indefinidamente, sin un día de descanso. Algo ocurría, recibía una llamada, a cualquier hora del día o de la noche, contestaba, me vestía y partía. Nunca pude planificar unas vacaciones con mi familia, ni un fin de semana fuera. Trabajar para La Prensa no era una tarea que pudieras dejar a las seis de la tarde e irte a casa a cenar”.

ESTÉTICA DE LA MUERTE

El Niño, como se le conoce al emblemático fotógrafo,  vive en el retiro, pero sigue sin descansar. Ya fuera del diarismo se ha dedicado a ordenar su archivo fotográfico, a colocarle su firma, y a vigilar el positivado de su trabajo, es decir, el proceso en el cual se traslada la imagen del negativo al papel fotográfico.

Y es que desde el año 2000, cuando se publicó el libro El teatro de los hechos -el primero que reunía su trabajo-, su obra sufrió una transfiguración: de ser simples fotografías de prensa de acontecimientos trágicos, se convirtieron en instantáneas en las cuales no pocos especialistas de la imagen en todo el mundo hallaron rasgos artísticos.

Desde entonces sus imágenes se instalaron en las galerías de arte más importantes de todo el mundo y ahora aparecen en los diarios, pero sólo para ilustrar una nota sobre una nueva exposición u otro reconocimiento.

Ni que decir de los libros. En 2013 se publicó uno más: 101 tragedias de Enrique Metinides (Blume), donde el propio autor seleccionó sus mejores 101 fotografías.

Una de sus imágenes emblemáticas.

Sobre la nueva percepción que hay sobre su trabajo, la especialista Trisha Ziff, responsable de la edición de este libro, explica: “Las imágenes de Metinides forman ahora parte de un mundo nuevo, han pasado de ser dominio de la nota roja a las salas de las galerías de arte”.

Y agrega: “Contemplamos sus fotografías y pensamos que hay bastante tristeza, tragedia y mala suerte como para agotar las energías y la curiosidad de cualquiera; suficiente para anhelar escapar del caos y la pena y no hacer ninguna fotografía más. Pero Metinides se ha mantenido ahí, en el epicentro. Y en lugar de querer olvidar, le apasiona recordar todos los detalles”.

DRAMAS HUMANOS

Hace algunos años, Metinides recibió un homenaje en el mítico salón de baile Los Ángeles, en la Ciudad de México, por parte de la agencia Cuartoscuro, dirigida por el reconocido fotoperiodista Pedro Valtierra.

Ahí, en ese ambiente nocturno, al que tanto está acostumbrado el “fotógrafo de la muerte”, recibió el reconocimiento “Cámara de Plata” por su trayectoria de más de medio siglo.

La muerte viaja en auto.

Se le veía contento, tranquilo consigo mismo y aún sin dar crédito a todas las cosas sorprendentes que vivió durante su carrera:

“Qué suerte mano, imagínate, ¡yo era un niño cuando el ‘Indio’ Velázquez me llevó a trabajar a La Prensa!”…

“Ni te imaginas todos los muertos que vi. Si los juntara, formaría montañas de cadáveres”…

“Una vez, te lo juro, presentí que se caería una avioneta y a los pocos minutos que se cae. Me llevé la exclusiva”…

“¿Y qué crees? Un día, gracias a mi fotografía, dieron con el asesino. No, mano, era fabuloso todo eso”…

Para Metinides la fotografía fue sólo un medio para conocer lo que verdaderamente le interesaba: las historias de vida de quienes aparecían en sus imágenes.

Y ahí, rodeado por decenas de personas que admiran su trabajo, El niño no se aburre de recordar cada una de sus historias. También para eso es incansable Metinides…

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