Víctor Hugo Islas Suárez

¿Te has puesto a pensar alguna vez en cómo un error de cálculo o una tormenta en el lugar «equivocado» puede cambiar el destino de millones de personas? Normalmente vemos la conquista de México como un plan maestro de Hernán Cortés, pero si te pones a escarbar un poco, te das cuenta de que todo pendía de un hilo de pura suerte, y ese hilo tiene nombre y apellido, Juan de Valdivia, hablemos de Valdivia no como el gran conquistador, sino como el hombre que tuvo la peor (y, para la historia, la mejor) de las suertes. En 1511, este tipo iba en su barco tan tranquilo desde Panamá hacia Santo Domingo cuando, ¡pum!, encallan en unos bajos frente a Jamaica, el barco se deshace y solo un puñado de sobrevivientes logra subirse a una lancha sin velas, sin comida y sin agua, tras trece días de pesadilla a la deriva, las corrientes los escupieron en las costas de Yucatán.

Aquí es donde la cosa se pone color de hormiga, la mayoría de los que llegaron con Valdivia terminaron en la olla, literalmente, o muertos por trabajos forzados, pero dos tipos sobrevivieron: Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, aquí es donde la historia se divide en dos caminos fascinantes, mientras Guerrero se tatuó, se puso orejeras y se volvió un jefe maya (el primer «mexicano» por elección), Aguilar se quedó ahí, guardando sus «Horas» (un libro de oraciones) y contando los días, esperando un milagro.

Ahora vamos a 1519, Hernán Cortés llega a Cozumel y oye rumores de que hay «hombres con barba» tierra adentro, imagínate la cara de Aguilar cuando ve aparecer los barcos españoles, el tipo ya casi ni hablaba español, se le trababa la lengua, pero tenía un tesoro que valía más que todo el oro del mundo: hablaba maya a la perfección, aquí entra nuestra pieza clave: Malinalli, o la Malinche, ella es regalada a Cortés en Tabasco, ella hablaba náhuatl y maya, entonces, el «equipo de traducción» quedó así: Cortés le hablaba en español a Aguilar, Aguilar se lo pasaba al maya a la Malinche, y la Malinche se lo decía en náhuatl a los embajadores de Moctezuma, era como un teléfono descompuesto, pero de alto nivel diplomático.

Sin ese naufragio de Valdivia ocho años antes, Aguilar no habría estado ahí, y sin Aguilar, la Malinche y Cortés no habrían podido comunicarse en absoluto, la Malinche no aprendió español por clases de gramática que le dio Valdivia (quien, pobrecito, para ese entonces ya tenía años de haber fallecido), sino por la convivencia diaria en esa carambola lingüística, ella era una genio, en poco tiempo se dio cuenta de que podía saltarse al intermediario (Aguilar) y empezó a hablarle directamente a Cortés en su idioma.

Ese puente de palabras fue lo que permitió las alianzas, no fueron solo los caballos o las armaduras, fue la capacidad de hablar con los Tlaxcaltecas, de entender que los pueblos estaban hartos de los mexicas y de convencerlos de unirse a la causa española, todo eso nació de un naufragio trágico en 1511.

Así que, la próxima vez que sientas que algo te sale mal, acuérdate de Juan de Valdivia, su barco se hundió y él no vivió para contarlo, pero sin ese accidente, probablemente no estaríamos aquí hablando español en este momento. La historia no la escriben solo los que ganan, sino también los que se pierden en el mar por puro azar, así es, la historia, la vida misma está llena de casualidades, esos momentos furtivos que pasan desapercibidos por nosotros pero para la telaraña que sustenta el ”futuro” no.