Víctor Hugo Islas Suárez 

Actualmente todos somos conscientes (bueno, al menos más que hace 2 años) de la importancia que tiene lavarse las manos para prevenir enfermedades, pero un gesto que ahora nos parece tan lógico (y que ha salvado tantas vidas), no lo era hace apenas 150 años. 

El autor de esta brillante y maravillosa idea fue un médico húngaro de origen alemán llamado Ignaz Philipp Semmelweis, nacido el 1 de julio de 1818, este médico es mundialmente conocido como «el salvador de las madres», ya que fue él quien descubrió que desinfectarse las manos antes de tratar a las parturientas disminuía drásticamente los casos de muerte de mujeres y recién nacidos a causa de la fiebre puerperal. 

Mientras que Louis Pasteur es recordado como el hombre que demostró que los microbios causan enfermedades, pero su precursor fue Semmelweis trabajaba en dos clínicas de maternidad y notó que en una de ellas más madres sucumbían a fiebres mortales después de dar a luz que en la otra. 

En 1847, Semmelweis propuso a sus colegas lavarse las manos antes de atender a las pacientes en el hospital obstétrico de Viena donde ejercía, ya que las cifras de muertes de mujeres que acababan de dar a luz eran aterradoras, pero a pesar de demostrar la eficacia de su método, ya que las muertes disminuían drásticamente tras un minucioso lavado de manos, sus ideas fueron denostadas por sus colegas, que lo tildaron de loco y de charlatán, además, jamás le perdonaron que de algún modo los acusara de ser los responsables de la muerte de sus pacientes. 

Aún con los grandes problemas que enfrento instituyó un régimen de lavado de manos y redujo las tasas de mortalidad en 90%. Sin embargo, la comunidad médica tardó en reconocer sus resultados, lo cual motivó su creciente frustración, hacia 1861 comenzó a sufrir problemas nerviosos, promovía obsesivamente sus ideas para salvar vidas y se convirtió en una persona hostil y antisocial en su entorno, cuánto más agresivo se ponía, resultaba más fácil ignorarlo. 

En 1865, sus colegas lo llevaron con camisa de fuerza a un hospital psiquiátrico, los métodos de las instituciones mentales de la época eran brutales, y los enfermos eran sometidos a toda clase de tratamientos como duchas con agua fría y purgas con aceite de ricino los internos también recibían malos tratos por parte de los guardias, al parecer, es lo que le sucedió a Semmelweis: tras sufrir una paliza, una de las heridas se infectó y le acabó causando la muerte, murió de gangrena 15 días después, irónicamente, ese mismo año el cirujano británico Joseph Lister comenzaba a usar aerosoles de fenol como antisépticos, se había inspirado en los experimentos de Pasteur con los gérmenes y dos años más tarde escribió sobre su éxito en la prestigiosa publicación científica The Lancet, al terminar la década, casi todos los cirujanos estaban convencidos de la importancia de la limpieza. 

Parece increíble que este hecho fuera adoptado hace solo 150 años, y sin embargo, al inicio de la pandemia en todo el mundo el tema fue abordado (y aun lo es) de manera masiva, la gente no se lava las manos, eso de verdad suena a una atrocidad, y pasa, y sucede, y comemos en lugares donde no sabemos si ya se lavaron las manos, nos sirven las palomitas y nachos en el cine y no vemos que se laven constantemente las manos, llega la gente a la oficina y lo primero que hace es saludar, sin haberse lavado las manos. 

No, no quiero caer en la histeria, pero creo que ahora que estamos en “semáforo verde” para las fiestas, veo que las reuniones se vuelven más y más frecuentes, así que espero que siga usted cargando con su gel antibacterial en su bolsillo, así como con su cubrebocas de repuesto, no retrocedamos 150 años en la historia, demostremos que aprendimos algo de todo esto. Siga cuidándose.