Víctor Hugo Islas Suárez
En las últimas semanas, las calles de nuestra ciudad se han transformado, tras las victorias de la selección de fútbol (simples partidos de fase regular, no un campeonato ni una copa), una marea humana se ha volcado a las avenidas, lo que para algunos es un festejo legítimo, para otros se ha convertido en un espectáculo alarmante de desorden público: personas lanzadas por los aires, ciudadanos saltando sobre el mobiliario urbano, bailes bajo la lluvia torrencial, gente «nadando» en los encharcamientos, espuma artificial arrojada a peatones desprevenidos y automóviles sacudidos violentamente al pasar. Este panorama nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda: ¿estamos ante una muestra de euforia colectiva o ante una auténtica psicosis social?
Para comprender este fenómeno, es necesario mirar más allá del balón y adentrarse en la psicología de las masas, cuando un individuo se sumerge en una multitud de miles de personas, ocurre un proceso que los sociólogos llaman desindividualización. En términos sencillos, la responsabilidad personal se disuelve, el freno de mano de la conciencia cívica, que normalmente nos dicta qué conductas son aceptables, se desactiva, el pensamiento individual de «¿está bien destruir este parabús o asustar a ese conductor?» es aplastado por el rugido del entorno: «Todos lo están haciendo, nadie me culpará a mí». La culpa se diluye entre la muchedumbre, generando una peligrosa ilusión de impunidad.
Esta desconexión racional también se explica a través de la biología, en medio del festejo, el cerebro de los aficionados se inunda de dopamina y adrenalina, este «secuestro emocional» apaga temporalmente el lóbulo frontal, la región encargada de medir las consecuencias a largo plazo y evaluar los riesgos, en ese instante de éxtasis, el futuro no existe, si intentáramos razonar con un fanático en ese momento, recordándole que es una emoción pasajera y que el equipo probablemente sea eliminado en la siguiente ronda, su mente rechazará el argumento, pensar en la inevitable derrota arruinaría el alivio y la catarsis que tanto anhelan, una válvula de escape para las tensiones acumuladas de la vida diaria, nace dentro de las mentes la esperanza ficticia “y si sí”.
Sin embargo, los platos rotos de esta catarsis no los paga el equipo, sino la comunidad, existe un sesgo profundamente egoísta en estas celebraciones, donde la afición asume que el espacio público (que nos pertenece a todos) pasa a ser de su propiedad exclusiva durante unas horas, suspendiendo los derechos fundamentales de los demás, como el libre tránsito y el respeto mutuo. Lanzar espuma a un desconocido o balancear el auto de una familia que solo intenta volver a casa no es pasión deportiva; es incivismo disfrazado de fiesta.
Lo más paradójico es el carácter cíclico y efímero de esta locura, el fútbol es un deporte cruel y el péndulo emocional no tarda en oscilar hacia el otro extremo, tarde o temprano, el equipo perderá y quedará eliminado, cuando ese momento llegue, la irracionalidad ruidosa se transformará en una tristeza colectiva, pero una tristeza silenciosa e introspectiva, nadie saldrá a las calles a saltar sobre los techos para manifestar su frustración; la masa se disolverá y cada quien regresará a su casa a lidiar con el desencanto en lo individual.
Al final, cuando el ruido cese por completo, las banderas se guarden y la realidad recupere su curso, la cruda verdad saldrá a la luz, los aficionados volverán a sus rutinas habiendo olvidado la emoción del sábado anterior, pero los daños materiales, el mobiliario roto y el costo de la limpieza se quedarán ahí, pagados por todos los ciudadanos, estos festejos desmedidos nos dejan una lección agridulce: el recordatorio de lo fácil que es perder nuestra humanidad individual en el anonimato de la masa, y cómo, con alarmante frecuencia, presenciamos el triunfo de la irracionalidad tribal sobre la conciencia cívica.







